25 de febrero de 2013

Una campaña para destruir la Iglesia


Ecce Adsum

El aluvión de manipulaciones y aun de burdas mentiras sobre la Iglesia católica se despeña como una catarata de aguas embravecidas sobre los lectores, oyentes y espectadores en los países supuestamente democráticos.

Lo que ningún medio medianamente serio aceptaría como información en cualquier otro ámbito, se convierte en noticia de portada (“noticia”) si denigra, difama o calumnia a la Iglesia y a sus representantes.

Anoche navegué unos minutos por los telediarios. En una de las cadenas, propiedad de un político italiano cuya vida está más relacionada con la prostitución y la corrupción de todo tipo que con el bien común, se habló del último Angelus de Benedicto XVI y a continuación se emitieron tres prolijos videos en los que se advertía acerca de la presencia de un supuesto homosexual (el cardenal Keith O’Brien) y de un cómplice de la pederastia (cardenal Roger Mahony) en el cónclave.

Para redondear la faena, una crónica desde Tierra Santa hablaba de unos no concretados “problemas” del cónclave y de la Iglesia y de que el Papa alemán se había mostrado muy laxo con el Holocausto.

Ejemplos similares proliferan estos días en toda la prensa europea y norteamericana. El caso de las mentiras de la prensa italiana a propósito de un tan escandaloso como falso informe no es más que un ejemplo entre los muchos que surgen por doquier en países que tienen a gala el rigor y la libertad de sus medios de comunicación.

El viejo, burdo recurso de mezclar las noticias de la iglesia con la difusión sistemática de hechos negativos para sus pastores no nos ha abandonado desde las campañas lideradas por periódicos norteamericanos contra miembros de la Iglesia acusados de pederastia, con razón o sin ella. Una gran parte de aquellas acusaciones mediáticas se demostraron falsas. Pero los adalides de la libertad jamás pidieron perdón. Y ahora renuevan sus ataques.

Hoy podemos hablar de una campaña internacional organizada para destruir la Iglesia a través del cónclave.

El riesgo de que los medios de comunicación traten de suplantar a la Iglesia a la hora de elegir nuevo Papa no es ya una amenaza sino una agria realidad.

El pasado 14 de febrero, en el Aula Pablo VI, Benedicto XVI señaló en una esclarecedora intervención ante los sacerdotes de la diócesis de Roma:

“[El Vaticano II] fue el Concilio de los medios de comunicación. Fue casi un Concilio en sí mismo, y el mundo percibió al Concilio a través de éstos, a través de los medios de comunicación”  (texto completo del encuentro de Benedicto XVI con los párrocos y el clero de Roma).

En estos momentos el cónclave que está a punto de empezar corre el grave peligro de ser secuestrado por los medios de comunicación, como sucedió con el Concilio Vaticano II. Cincuenta años después de aquel robo, la iglesia todavía no se ha recuperado.

A los creyentes nos toca ahora luchar contra la mentira en la medida de nuestras posibilidades. Nos toca denunciar la difamación allí donde se produzca. Nos toca multiplicar nuestra presencia pública y proclamar nuestra fe y confianza en el Espíritu Santo, y por lo tanto nuestro apoyo sin fisuras al colegio cardenalicio.

La batalla que se avecina, y de la que conocemos tan solo estas primeras escaramuzas, nos concierne de una manera personal a cada uno de nosotros, los católicos. De modo que preparémonos para presenciar ataques y supuestas revelaciones que provocarán mucho más escándalo, aunque casi nadie se preocupe de comprobar su veracidad: esta es la guerra de la mentira.

Se están convocando en todas las diócesis numerosos actos de oración en los próximos días. Serán una buena oportunidad para mostrar al mundo que más allá de sus (de nuestros) pecados, la Iglesia, motor civilizador de la humanidad, sigue siendo el lugar donde el ser humano alcanza su plena dignidad y el hogar de cuantos compartimos el misterio esperanzado de una fe que la mentira nunca ha podido destruir.