15 de septiembre de 2011

EL SILENCIO DE DIOS ES SOLO APARENTE



CIUDAD DEL VATICANO, 14 SEP 2011 (VIS).-El Santo Padre se trasladó esta mañana en helicóptero desde el palacio apostólico de Castel Gandolfo al Vaticano, para celebrar la audiencia general en el Aula Pablo VI. La catequesis de hoy versó sobre la primera parte del Salmo 22 (21 en la tradición greco-latina), profundizando en la oración de súplica a Dios.

 Este Salmo aflora continuamente en los relatos de la pasión de Jesús. Presenta la figura de un inocente rodeado de enemigos que desean su muerte, mientras él eleva su voz a Dios “en un lamento doloroso que, en la certeza de la fe, se abre misteriosamente a la alabanza”. 

 El grito inicial del salmista, ‘Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado’, “es una llamada a un Dios que parece lejano, que no responde. (…) Dios calla, y este silencio lacera el ánimo del orante, que llama incesantemente sin encontrar respuesta”. Sin embargo, el orante “llama al Señor ‘Dios mío’, en un acto extremo de confianza y de fe. A pesar de las apariencias, el salmista no puede creer que la relación con el Señor se haya interrumpido totalmente”.

 El lamento inicial del salmo 22 figura en los evangelios de Mateo y Marcos como el grito lanzado por Jesús moribundo en la cruz. Benedicto XVI explicó que es expresión de toda la desolación de Cristo, hijo de Dios, “bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación y el aniquilamiento. (…) Por eso grita al Padre (…) Pero el suyo no es un grito desesperado, como no lo era el del salmista”, cuya súplica desemboca en la confianza en la victoria divina.

La violencia deshumaniza

 El Papa recordó que la historia sagrada “ha sido una historia de gritos de ayuda por parte del pueblo y de respuestas salvíficas por parte de Dios”. El salmista se refiere a la fe de sus padres, “que confiaron (…) sin quedar nunca desilusionados”. Y describe su propia situación de extrema dificultad, “para inducir al Señor a apiadarse e intervenir, como había hecho siempre en el pasado”. 

 Los enemigos rodean al orante, “parecen invencibles, se han convertido en animales feroces y peligrosísimos (…) Estas imágenes usadas en el salmo sirven también para decir que cuando el hombre se hace brutal y agrede al hermano (…) parece perder toda semblanza humana; la violencia contiene siempre algo bestial y sólo la intervención salvífica de Dios puede restituir al hombre su humanidad”.

 En este punto, la muerte empieza a tomar posesión del salmista; describe con imágenes dramáticas, “que encontramos en las narraciones de la pasión de Cristo, la destrucción del cuerpo del condenado, la sed ardiente que atormenta al moribundo y que encuentra eco en la petición de Jesús ‘Tengo sed’, para llegar al gesto definitivo de los verdugos, que como los soldados al pie de la cruz, se reparten los vestidos de la víctima, considerada ya muerta”.

 Viene entonces un nuevo grito “que abre los cielos, porque proclama una fe, una certeza que va más allá de cualquier duda (…) El lamento se transforma y deja espacio a la alabanza (…), se abre a la acción de gracias. (…) El Señor ha salvado al pobre y le ha mostrado su rostro de misericordia. Muerte y vida se han cruzado en un misterio inseparable, y la vida ha triunfado. (…) Es la victoria de la fe, que puede transformar la muerte en un don de vida, el abismo del dolor en fuente de esperanza”. Así, este salmo nos lleva a revivir la pasión de Jesús y a compartir la alegría de la resurrección. 

 Finalmente, el Papa invitó a distinguir la verdadera realidad más allá del aspecto exterior, “incluso ante la aparente ausencia de Dios, incluso en el silencio de Dios”. Y concluyó: “Poniendo toda nuestra confianza y nuestra esperanza en Dios Padre, en cualquier angustia podremos rezarle con fe, y nuestro grito de ayuda se transformará en canto de alabanza”.
AG/               VIS 20110914 (650)