12 de julio de 2013

Domingo 14 de julio de 2013. XV TO C

HOJA
PARROQUIAL
Parroquia de Sant Francesc de Borja
Email de la parroquia: sfb500@gmail.com

Domingo 13 de Julio de 2013  


Queridos hermanos: 
A Jesús le llamaron despectivamente samaritano: «¿No decimos, con razón, que  eres samaritano y que tienes un demonio?» (Jn 8,48). Pero a través de esta imagen del samaritano ofrecerá de forma muy sencilla el camino de la vida eterna: el amor a Dios y el amor al prójimo.
El maestro de la Ley, como el joven rico que marchó triste, pregunta por la misma realidad (Lc 10, 25 y 18,18): «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Jesús le responde con otra pregunta que lo remite a lo que dice la Ley; a lo que responde el Maestro de la Ley de forma espléndida, uniendo dos mandamientos que se encuentran en Dt 6, 5 y Lv 19, 18: Amor a Dios y amor al prójimo. Jesús le propondrá la acción como camino de la vida: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida. Es decir, todo el saber del mundo, el saber teológico o bíblico, no sirve de nada si no lleva a una acción de amor a Dios y al prójimo.
Pero el Maestro de la Ley quiere justificarse, pues habían diversas interpretaciones sobre la figura del prójimo a quien amar. Y pretende le diga el límite a partir del cual no haría falta aplicar el mandato del amor, o se podría amar menos. Por ejemplo, los fariseos se inclinaban a excluir a los no fariseos; los esenios exigían que se debía odiar a «todos los hijos de las tinieblas»; una declaración rabínica enseñaba que a los heréticos, delatores y renegados o apóstatas «se los arroje (en una fosa) y no se los saque», y una conocida máxima popular excluía del mandato del amor al enemigo personal, que recoge el Sermón de la Montaña: “Vosotros habéis oído que Dios ha dicho: Tú debes amar a tu compatriota; solamente a tu enemigo no tienes necesidad de amar», Mt 5, 43. (cf. J. Jeremías. Las parábolas de Jesús. 245s; Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. 235ss). Por supuesto tampoco eran «prójimos» los samaritanos.
La respuesta de Jesús rompe todos los límites proponiendo, no a un israelita laico (a diferencia del sacerdote o levita), sino a un samaritano, alguien odiado, cuyo nombre era un insulto. Rompe todos los límites para proponer la falta de límites a la hora de amar: la mirada compasiva, que rompe el corazón “le dio lástima”, que se acerca, se implica y complica la vida, que cura, que hace desviar de la propia ruta hasta el punto de trasladar el herido a una posada, pasar la noche con él cuidándolo, pagando los costes y prometiendo volver. “No se trata de establecer quién sea o no mi prójimo entre los demás. Se trata de mí mismo. Yo tengo que convertirme en prójimo, de forma que el otro cuente para mí tanto como «yo mismo»”. (Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. 238).
Jesús, vuestro párroco


+  Lectura del santo evangelio según san Lucas 10, 25-37
En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: — «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»
Él le dijo: «Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»
Él contestó: — «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.»
Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.»
Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: — «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús dijo:
— «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:
“Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayo en manos de los bandidos?»
Él contestó: — «El que practicó la misericordia con él.»
Díjole Jesús: — «Anda, haz tú lo mismo.»
Palabra del Señor

EL SACRAMENTO DEL PERDÓN
MINISTERIO DEL BUEN SAMARITANO
1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

1466 El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo (cf. PO 13). Debe tener un conocimiento probado del comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y delicadeza con el que ha caído; debe amar la verdad, ser fiel al magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia su curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él confiándolo a la misericordia del Señor.

1467 Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas (CIC can. 1388,1; CCEO can. 1456). Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este secreto, que no admite excepción, se llama "sigilo sacramental", porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda "sellado" por el sacramento.
La caridad, como la del Samaritano
1825 Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos (cf Rm 5,10). El Señor nos pide que amemos como él hasta nuestros enemigos (cf Mt 5,44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10,27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9,37) y a los pobres como a él mismo (cf Mt 25,40.45).


“La parábola del buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) nos lleva sobre todo a dos aclaraciones importantes. Mientras el concepto de «prójimo» hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora. La Iglesia tiene siempre el deber de interpretar cada vez esta relación entre lejanía y proximidad, con vistas a la vida práctica de sus miembros”. (Benedicto XVI. Deus Cáritas Est 15)
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“Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo «piadoso» y cumplir con mis «deberes religiosos», se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación «correcta», pero sin amor. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama. Los Santos —pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta— han adquirido su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada gracias a su encuentro con el Señor eucarístico y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los demás. 
Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un «mandamiento» externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El amor es «divino» porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea «todo para todos» (cf. 1 Co 15, 28). (Benedicto XVI. Deus Cáritas Est 18)
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La parábola del buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) nos lleva sobre todo a dos aclaraciones importantes. Mientras el concepto de «prójimo» hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora. La Iglesia tiene siempre el deber de interpretar cada vez esta relación entre lejanía y proximidad, con vistas a la vida práctica de sus miembros. (Benedicto XVI. Deus Cáritas Est 25)

Señor, danos entrañas de misericordia
frente a toda miseria humana.
Inspíranos el gesto y la palabra oportuna
frente al hermano solo y desamparado.
Ayúdanos a mostrarnos disponibles
ante quien se siente explotado y deprimido. (Plegaria Eucarística V b).
Danos, Señor, entrañas de misericordia, entrañas que se conmuevan. Hazme hermano de mi hermano, de todo aquel que me encuentro y que necesita mi ayuda. 
Pues por mi y mis hermanos, el Verbo Eterno, se hizo samaritano para venir a hacerse cargo de su criatura maltratada. Dios, el lejano, en Jesucristo se ha convertido en prójimo. Ha curado con aceite y vino nuestras heridas y nos ha llevado a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lo necesario para costear esos cuidados. (Cf. Benedicto XVI. Jesús de Nazaret). Danos, Señor, tus entrañas de misericordia.









LA LUZ DE LA FE
“Al hablar de la fe como luz, podemos oír la objeción de muchos contemporáneos nuestros. En la época moderna se ha pensado que esa luz podía bastar para las sociedades antiguas, pero que ya no sirve para los tiempos nuevos, para el hombre adulto, ufano de su razón, ávido de explorar el futuro de una nueva forma. En este sentido, la fe se veía como una luz ilusoria, que impedía al hombre seguir la audacia del saber. El joven Nietzsche invitaba a su hermana Elisabeth a arriesgarse, a «emprender nuevos caminos… con la inseguridad de quien procede autónomamente». Y añadía: «Aquí se dividen los caminos del hombre; si quieres alcanzar paz en el alma y felicidad, cree; pero si quieres ser discípulo de la verdad, indaga». Con lo que creer sería lo contrario de buscar. A partir de aquí, Nietzsche critica al cristianismo por haber rebajado la existencia humana, quitando novedad y aventura a la vida. La fe sería entonces como un espejismo que nos impide avanzar como hombres libres hacia el futuro.
De esta manera, la fe ha acabado por ser asociada a la oscuridad. Se ha pensado poderla conservar, encontrando para ella un ámbito que le permita convivir con la luz de la razón. El espacio de la fe se crearía allí donde la luz de la razón no pudiera llegar, allí donde el hombre ya no pudiera tener certezas. La fe se ha visto así como un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás como luz objetiva y común para alumbrar el camino.
... Es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro «yo» aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas. (nº 4)
La fe como Madre por la que dar la vida
En las Actas de los mártires leemos este diálogo entre el prefecto romano Rústico y el cristiano Hierax: «¿Dónde están tus padres?», pregunta el juez al mártir. Y éste responde: «Nuestro verdadero padre es Cristo, y nuestra madre, la fe en él». Para aquellos cristianos, la fe, en cuanto encuentro con el Dios vivo manifestado en Cristo, era una «madre», porque los daba a luz, engendraba en ellos la vida divina, una nueva experiencia, una visión luminosa de la existencia por la que estaban dispuestos a dar testimonio público hasta el final. (nº 5)
En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol, al Sol invictus, invocado a su salida. Pero, aunque renacía cada día, resultaba claro que no podía irradiar su luz sobre toda la existencia del hombre. Pues el sol no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta las sombras de la muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a su luz. «No se ve que nadie estuviera dispuesto a morir por su fe en el sol», decía san Justino mártir. (nº 1)

1. El jueves 18 de madrugada saldrán 15 peregrinos de la parroquia con 130 más de la Diócesis de Valencia para la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil.
2. El domingo 4 de agosto saldrá un autobús con peregrinos para el Camino de Santiago. Saldrán a pie desde O’Cebreiro. Volverán el 12 de agosto. Más información D. Arturo
3. El viernes 23 de agosto saldrá una peregrinación de familias con niños de la catequesis parroquial en bús hacia Zaragoza, Tarazona, Javier, Monasterio de Leyre, Real Monasterio de Santa María de la Caridad de Tulebras y Daroca. Información D. Jesús.
4. Colectas para otras instituciones 2013:
Colecta de Caridad para Cáritas Diocesana: 561 €
Óbolo San Pedro: 271 €

Del 15 al 21 de julio de 2013
Lunes 15.  San Buenaventura. 19.30 h.: En sufragio de: José Antonio, Manuel y Vicente. Martes 16. Ntra. Sra. del Carmen. 19.30 h.: Sin intención. 
Miércoles 17. 19.30 h.: Sin intención. 
Jueves 18. 19.30 h.: Sin intención. 
Viernes 19. 19.30 h.: Sin intención. 
Sábado 20. XVI T.O. 19.30 h.: En sufragio de: Dif. Fam Espí-Sanchis. 21.00 h.: Sin intención. Domingo 21. XVI T.O. 12.00 h. Pro Pópulo