16 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 117.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (117)


La generación del Diluvio 4. 

La soberbia 

 

Queridos hermanos: 

 

Los hombres de la generación de Noé eran llamados hijos de Dios, gigantes (nefilim), héroes, hombres valientes, varones renombrados (gibborim). Y por eso mismo engreídos, separados de Dios, autosuficientes.

Una de las causas de la soberbia es no necesitar de Dios. Eso es la soberbia.

 

En el Génesis se dice que el primero en invocar el nombre de Yahveh tras el pecado fue el nieto de Adán, Enós: “Adán conoció otra vez a su mujer, que dio a luz un hijo y lo llamó Set, pues dijo: «Dios me ha dado otro descendiente en lugar de Abel, asesinado por Caín». A Set le nació también un hijo, que se llamó Enós. Éste fue el primero en invocar el nombre del Señor” (Génesis 4, 25-26).

 

El soberbio cree poseer por sí mismo los dones que ha recibido, presume de no necesitar a Dios ni a nadie, se basta a sí mismo, se apoya en sus fuerzas, como dice el salmo: «Mirad al valiente que no puso en Dios su apoyo, confió en sus muchas riquezas, se insolentó en sus crímenes» (cf Salmo 52 (51, 9).

 

El humilde, en cambio, no se apoya en sus fuerzas, sino que invoca el nombre de Dios. Y a nosotros se nos ha dado un nombre que invocar, “un Nombre que todo lo contiene”, “que contiene la presencia que significa”: "Jesús", "YHVH salva" (cf Mt 1, 21). Decir "Jesús" es invocarlo desde nuestro propio corazón. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él (cf Romanos 10, 13; Hechos de los apóstoles 2, 21; 3, 15-16; Gálatas 2, 20). (cf. Catecismo de la Iglesia Católica nº 2666).

 

Una de las causas de la degeneración de la generación de Noé fue la falta de oración, la falta de invocar el nombre del Señor.

 

Jesús, vuestro párroco


 

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 116.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (116)


La generación del Diluvio 3. 

La violencia. La persecución del justo

 

Queridos hermanos: 

 

La tercera expresión de esta mala inclinación de la generación de Noé fue la aparición de la violencia: “la tierra se llenó de violencia” (Génesis 6, 11 y 13). Es verdad que el texto del Génesis no desarrolla con detalle estos actos desordenados, injustos, violentos. Serán los maestros rabinos los que van desarrollando todo esto. Así, la injusticia, fruto del no andar con Dios, ha llevado siempre a la persecución del justo: Caín persiguió a Abel, Nimrod persiguió a Abraham, los filisteos a Isaac (Ver Génesis 26,12-25).

 

Noé fue perseguido por sus contemporáneos. Según los rabinos, la generación de Noé ha pasado a la historia como modelo de perversión, injusticia, impiedad, merecedoras de un castigo ejemplar.

 

Los perseguidores del justo siempre encontraron su castigo: La generación de Noé, el Diluvio. La generación de Nemrod, prepotente, constructor de la Torre de Babel, que promovió la idolatría y la rebelión contra Dios, fue dispersada en confusión de lenguas.

 

También la generación de los egipcios que persiguieron a los israelitas y perecieron tantos los primogénitos en la 10ª plaga, como los que no lo eran en las aguas del Mar Rojo.

 

En cada generación se cumple lo que dice el texto: Sabiduría 2, 1 y 12-22.

 

Y Jesús mismo expresará esto en la bienaventuranza: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos… de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.” (Ver Mateo 5, 10-12).

 

Entonces ¿por qué no destruye cada generación como hizo con la de Noé?

 

Noé, Israel, los justos de cada generación, son como un lirio entre espinas (Cantar de los Cantares 2,2). Cuenta los rabinos la parábola de un rey que tenía un huerto con distintos frutales y que lo confió a un arrendatario. Tras un tiempo fue a verlo y lo halló lleno de «espinas y guijarros», de manera que decidió arrasarlo. Pero, al encontrar en él una rosa y olerla, se calmó y salvó todo el huerto. Así se explica por qué Dios quiso preservar el mundo de la destrucción gracias a Jesucristo, gracias también a la Virgen María, que es como esa rosa en el huerto del rey.

 

(Cf. Lorena Miralles Maciá. La generación del diluvio según la descripción del Midrás Levítico Rabbá. Sefarad. Vol. 67:2, julio-diciembre 2007).

 

Jesús, vuestro párroco

 

14 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 115.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (115)

La generación del Diluvio 2. La injusticia.

 

Queridos hermanos: 

 

La generación del Diluvio desapareció bajo las aguas. “Era mucha la malicia del hombre en la tierra”, “toda la traza de los pensamientos de su corazón era de continuo solo mal” (Génesis 6,5).

 

La segunda expresión de esta mala inclinación fue que aparecen como injustos, como personas que no andan con Dios, que lo han abandonado. Noé, en cambio aparece ante el mundo como justo (7,1), perfecto, que camina en compañía de Dios (6,5). 

 

Detrás de todo esto está la actitud arrogante ante Dios: el menosprecio de Dios (ver Job 21, 9-15). La iniquidad ocupó el lugar del juicio y la justicia a la que se sumó el desprecio de Dios, principio de justicia. (Cf. Lorena Miralles Maciá. La generación del diluvio según la descripción del Midrás Levítico Rabbá. Sefarad. Vol. 67:2, julio-diciembre 2007).

 

Es interesante leer los primeros tres capítulos de la carta de san Pablo a los Romanos a la luz de esa generación injusta. San Pablo describe perfectamente a los injustos de su generación: “llenos de toda clase de injusticia, maldad, codicia, malignidad; henchidos de envidias, de homicidios, discordias, fraudes, perversiones; difamadores, calumniadores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, crueles, despiadados” (Puedes leer Romanos 1, 18-32 y ver el parecido con la generación de Noé y con nuestra generación).

 

Una expresión fuerte que utiliza San Pablo es ésta: “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que tienen la verdad prisionera de la injusticia.” (Romanos 1,18). Lo que dice San Pablo es verdad. Pero, ¡atención!: El planteamiento de San Pablo y el de la Iglesia no es el de juzgar o condenar a los que así viven. En ese caso nos pasaría como dice San Pablo: “al juzgar a otro, a ti mismo te condenas” (Romanos 2,1). Unos son condenados por su injusticia (ver el texto ya citado de Romanos 1, 18-32) y otros por juzgar a los que cometen tales actos de injusticia (leer Romanos 2, 1-10 y 17-24).

 

Por eso es tan importante el anuncio del Evangelio, que hace justos a los gentiles y también a los judíos que juzgan. Por la fe en el Evangelio proclamado se justifica a los que cometen injusticias y a los que juzgan a los que tales cosas cometen (ver Romanos 1, 16-17). 

 

Dios es fiel. Si los que deberían obrar con misericordia no lo hicieron ¿Dejará por eso de ser Dios fiel y misericordioso? Tanto judíos como griegos, todos están bajo el pecado (Romanos 3,9). “Pero ahora, sin la ley se ha manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas; justicia de Dios por la fe en Jesucristo para todos los que creen. Pues no hay distinción, ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.” (Romanos 3,21-23)

 

Se nos invita a la conversión, a salir de la injusticia, o de la propia justicia, a no condenar para no ser condenados (ver Lucas 6,37), pues Jesús no ha venido a condenar al mundo, sino para salvar al mundo (ver Juan 12, 44-50).

 

Jesús, vuestro párroco

 

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 114.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (114)

La generación del Diluvio 1 

 

Queridos hermanos: 

 

Las siguientes migajas son un poco fuertes. No pretenden meter miedo. Más bien suscitar la esperanza de la conversión y la vida de piedad, pues el Señor “no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión.” (2 Pedro 3,9). Al final veremos que tanto la primera como la segunda carta de San Pedro, que es muy dura, tiene de fondo, entre otras cosas, a la generación del diluvio.

 

La generación del Diluvio desapareció bajo las aguas. Los coetáneos de Noé perecieron en el Diluvio. ¿Cómo era esa generación? ¿Qué pecados cometieron que merecieran ser suprimidos de la faz de la tierra? (Ver Génesis 6,1-7).

 

Esa generación es descrita con cualidades extraordinarias: son llamados hijos de Dios, gigantes (nefilim), héroes, hombres valientes, varones renombrados (gibborim).

 

Pero al mismo tiempo aparece en su corazón la inclinación al mal: “era mucha la malicia del hombre en la tierra”, “toda la traza de los pensamientos de su corazón era de continuo solo mal” (Génesis 6,5).

Esta mala inclinación encuentra tres grandes expresiones. Veamos la primera.

 

En primer lugar, dejarse llevar por sus deseos sexuales hacia las hijas de los hombres “procurándose esposas de entre todas las que les placieron”. Es decir, dan preferencia a la concupiscencia de la carne (cf. Gálatas 5, 19-21). Dicen los rabinos que esos pecados hacen referencia al abuso de las mujeres y al exceso en el alcohol. Siendo reyes, con cualidades tan extraordinarias, se empaparon de alcohol e indecencia (ver Proverbios 31,3-4 y Levítico 10,9). También la sodomía, la prostitución, la zoofilia (es decir, las relaciones entre hombre y animales, cf. Levítico 18,1-3 y 23). (Ver Levítico 18, 24-30).

 

Según los rabinos, la generación de antes del Diluvio tenía la costumbre de tener dos esposas. Una para procrear y otra para divertirse. A la primera se la tenía como una viuda, (es decir, no tenían relaciones con ella para no tener hijos), a la segunda como una prostituta, a la que se daba una bebida para que quedara estéril.

 

Esto aparece también reflejado en los contemporáneos de Lot y Abraham, en Sodoma y Gomorra, que fueron abrasados por el fuego (Ver Génesis 18-19). En Lucas 17, 23-29 se relacionan precisamente estas dos generaciones que fueron destruidas, una por el agua y otra por el fuego.

 

(Cf. Lorena Miralles Maciá. La generación del diluvio según la descripción del Midrás Levítico Rabbá. Sefarad. Vol. 67:2, julio-diciembre 2007).

 

Jesús, vuestro párroco

 

12 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 113.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (113)

El miedo en el arca 2

 

Queridos hermanos:

Los padres de la Iglesia hablan del miedo como una ilusión, una inutilidad y que además deforma la realidad.

 

El miedo aparece ante nuestras vidas como una ilusión. El hombre piensa que está abandonado, que está solo, que está sin la ayuda de Dios, que se ha de buscar la vida. El miedo revela su falta de fe en el Señor y su confianza en sí mismo y en los bienes de este mundo, teniendo en cuenta que los bienes de este mundo también son una ilusión y pasan (ver Eclesiastés 5, 9-16).

 

El miedo aparece ante nuestras vidas como una inutilidad, pues en verdad no podemos añadir un solo codo a la medida de nuestra vida, por eso Jesús nos invita a confiar y a no preocuparnos (ver Mateo 6, 27).

El miedo además deforma la realidad, pues agranda los peligros, se presentan realidades como inminentes y segura cosas que no existen. (cf. Jean Claude Larchet. Terapéutica de las enfermedades espirituales. Ed. Sígueme. Salamanca. 2016).

 

Otra expresión del miedo es la falta de ánimo o pusilanimidad. San Timoteo vivió un cierto estado de miedo, cobardía, pereza, acongojamiento, cuando, aun bastante joven, fue enviado como obispo de la comunidad de Éfeso, que ya eran bastante maduritos. Y tuvo que sufrir el ser mirado con cierto desdén. Algo de esto le comunicaría a San Pablo que le respondió: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza” (ver 2 Timoteo 1, 6-14).

 

Jesús nos lo dice con claridad. Ante la barca que se agita por la tempestad, y el ruego: «¡Señor,  sálvanos, que perecemos!», Jesús les dice: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?»  Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y  sobrevino una gran bonanza (Mateo 8,25-26). 

 

Jesús nos invita a confiar, que es lo contrario de temer. A orar, pues el Señor está con nosotros y se ocupa de mí. A ponernos en manos de la providencia. A ser como la oveja, que con su Pastor, aunque camine por cañadas oscuras, nada teme, porque “porque tú vas conmigo” (Salmo 23 (22), 4).

 

Jesús, vuestro párroco


11 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 112.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (112)

El miedo en el arca 1

 

Queridos hermanos:

 

¿Noé y sus hijos, tenían miedo, durante el Diluvio o su prolongada estancia en el arca? No. Pues la fe y el amor a Dios expulsan el temor (ver 1 Juan 4,18).

 

Entonces, puedes preguntarte ¿por qué estoy preocupado, angustiado, temeroso, superprecavido, hiperhigienizado? Es fácil que estemos viviendo o hayamos vivido este tiempo desde el temor. Una cosa es la prudencia. Necesaria. Otra el miedo. La invitación de Jesús, desde el primer día es: “¡Ánimo! Que soy yo; no temáis”. Pues nos invita a la prudencia unida a la confianza. Nunca a la prudencia unida al miedo. Pues el miedo paraliza.

 

El miedo es propio de quien ha pecado. Como le pasó a Adán. Tras pecar, cuando el Señor se le acercó y lo llamó, «¿Dónde estás?». Adán contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí» (Génesis 3,9-10).

 

Es la primera vez que aparece el miedo en la Sagrada Escritura. El miedo, consecuencia del pecado, el miedo a la muerte. Miedo que queda reflejado en su desnudez, en su experiencia de desprotección al haber perdido la gracia.

 

El miedo, antes del pecado, era algo natural, es algo parecido al instinto de supervivencia y protección que nos lleva a defender la existencia y rechazar aquello que pueda hacerle mal. Y a su vez, el miedo va orientado a perder la relación con la fuente de la vida, es decir, con el Señor. Es lo que se llama el temor de Dios, don del Espíritu Santo (Isaías 11, 1-3). Es el temor de vivir separados de Dios que nos lleva a rechazar lo que pueda apartarnos de Dios, es decir, el pecado. Es Dios la fuente de la existencia.

 

Pero tras el pecado, que nos ha separado de Dios, ya no mira a evitar lo que nos separe de él, el miedo nos lleva a defender nuestra vida con el amor propio y el amor a este mundo (ver 1 Juan 2,15-17). De alguna forma el objeto del miedo ha cambiado. Y aparece el miedo a perder la salud, la fama, la vida sensible, los placeres. Aparece el alejamiento de Dios y el rechazo de su protección y su acción providente. Por el miedo quedamos esclavos del Señor de la muerte que utiliza el miedo como arma contra nosotros. Por eso Jesucristo se hizo como nosotros, participó de nuestra carne y sangre “para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hebreos 2, 14-15). El orgullo nos lleva a una vana confianza en nosotros. Más bien confiemos: Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta (Santa Teresa de Jesús).

 

Jesús, vuestro párroco

10 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 111.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (111)

El enfado de Caín 4. El Camino sale a buscar al errante Caín

 

Queridos hermanos:

 

Detengámonos un momento en la expresión: “Andarás errante y perdido por la tierra [«na wanad»]” (Génesis 4,12).

 

De Noé dice la Sagrada Escritura: “Noé siguió los caminos de Dios” (Génesis 6, 9). La Biblia de Jerusalén traduce “Noé andaba con Dios”. En cambio, de Caín, tras asesinar a su hermano Abel, el Señor le dice: “Andarás errante y perdido por la tierra” y concluye la escena diciendo: “Caín salió de la presencia del Señor”  (Génesis 4, 9-16). El asesinato mata la vida eterna dentro de uno (véase 1 Juan 3,11-18). Y hace que la persona vague sin rumbo, no tiene camino y no tiene más meta que la muerte. Es lo contrario de un peregrino, que tiene camino y meta.

 

“El hombre culpable de una muerte huirá hasta la tumba; ¡que nadie le detenga! (Proverbios 28,17). Su vida será un vivir para sí mismo y un huir continuo. Para quien no sabe adónde va todos los vientos son contrarios.

 

El cuervo del arca de Noé es semejante a Caín. El relato del Génesis indica que el cuervo andaba de aquí para allá hasta que se secaron las aguas de sobre la tierra (Génesis 8,7). Este texto nos recuerda a dos pasajes que se encuentran en la Sagrada Escritura. El primero en el libro de Job cuando Dios le pregunta al Satán, el acusador, ¿de dónde vienes? y el acusador responde: De aquí para allá «de dar vueltas por la tierra; de andar por ella» (Job 1,7 y 2,2).

 

En la primera carta de San Pedro (1Pedro 5,8), éste dice que el adversario ("el satán") anda como un león rugiente buscando en toda la tierra a quien devorar, y el concepto es el mismo. Rondar, ir de aquí para allá, buscando a quien devorar. (cf. http://institutumjudaicum.weebly.com/noacuteaj---la-paloma-y-el-cuervo.html).

 

El Señor desea nuestro retorno: “Si quieres volver, Israel, vuelve a mí —oráculo del Señor—. Si apartaras de mí tus abominaciones, no tendrías que andar extraviada” (Jeremías 4,1). Y podemos preguntarnos con San Pablo: “¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? (Romanos 8, 24). Parafraseando a San Pablo, en el contexto de lo que estamos comentando, podemos preguntarnos: ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de huida, que me lleva a huir de ti y me hace andar errante, vagabundo, extraviado, perdido? “¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!” (Romanos 8, 24).

 

Para rescatar de la vida sin sentido que solo hace que dar vueltas en torno a uno mismo, a sus gustos y complacencias, huyendo del encuentro, escapando de la mirada de Dios, Jesús se ha hecho Camino (ver Juan 14,6). Es un Camino que ha salido a nuestro encuentro, es un Camino que ha salido a buscar al errante, perdido, vagabundo. Un Camino que donde no había camino (la muerte) ha resucitado y ha abierto un camino, ha abierto un puente, es el Sumo “Pontífice”, es decir, Hacedor de Puentes. Donde no hay camino abre camino. No solo abre camino ante la muerte. Abre camino al duro de corazón con su ternura y paciencia. Abre camino al pecador con su misericordia. Abre camino al que está enfrentado a su hermano con el regalo del perdón. Abre camino al desanimado con su esperanza y consuelo. Pidamos la gracia de que el Camino Jesús nos haga volver al camino y así caminemos por sus sendas. Y seamos como Noé o como muchos justos que vivieron y anduvieron con Dios. Fueron sus amigos, anduvieron con Dios y siguieron sus caminos.

 

Jesús, vuestro párroco

 

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 110.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (110)

El enfado de Caín 3: el asesinato

 

Queridos hermanos:

 

“La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad: ¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo)” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2540).

 

Lo que pudo ser dominado por la benevolencia, (por el “deberías alegrarte” de que a tu hermano le haya ido bien), pasa a dominar su corazón enfermándolo hasta el odio homicida. El Señor salió a corregir a Caín. Corrección que es fruto del amor y que ayuda a la humildad. Es verdad que “ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella” (Hebreos 12,11). Caín, ante la corrección del Señor, en vez de enmendarse, se mantiene en sus razones, mantiene su enfado. Y acaba haciendo lo que Satanás, que es homicida desde el principio (ver Juan 8,44).

 

La tercera característica de la envidia es el deseo de que el otro no exista, que desaparezca: el asesinato: “Caín dijo a su hermano Abel: «Vamos al campo». Y, cuando estaban en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y lo mató.” (Génesis 4, 8). A veces este deseo no es que el otro deje de existir así tan claro. Pero sí que deje de existir alguna característica predominante en el hermano. Es decir, no buscamos cortarle la cabeza. Tan solo la nariz. Al fin y a la postre, la raíz es la misma: orgullo-envidia-odio. Falta de humildad, de benevolencia, de amor.

 

Y la sangre de Abel clama desde la tierra al cielo. Y el Señor oye el grito de la sangre. “El Señor le replicó: “¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo” (Génesis 4,10). La sangre de Cristo también clamará desde la tierra. El grito de la sangre de Abel gritará venganza. La sangre de Cristo habla mejor que la de Abel, pues gritará el perdón de los pecados en el Memorial perpetuo de su Pascua (ver Hebreos 12,24). Y ante ese grito de la sangre que Dios oye viene una pregunta que martillea el corazón de cada hombre: “El Señor dijo a Caín: «¿Dónde está Abel, tu hermano?». Respondió Caín: «No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?» (Génesis 4,9). ¿Dónde está tu hermano? Una pregunta del Señor que requiere respuesta.

 

Las consecuencias de tal crimen en la vida de Caín las expresa el Señor: “Por eso te maldice ese suelo que ha abierto sus fauces para recibir de tus manos la sangre de tu hermano. Cuando cultives el suelo, no volverá a darte sus productos. Andarás errante y perdido por la tierra»” (Génesis 4, 11-12). Pero Caín no reconoce su pecado. Entra en el victimismo y en la acusación, igual que su padre Adán. “Caín contestó al Señor: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Puesto que me expulsas hoy de este suelo, tendré que ocultarme de ti, andar errante y perdido por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará»” (Génesis 4, 13-14). Acusa al Señor de expulsarle del suelo que pisa. Le está sugiriendo que parece que Dios sea el “expulsador” de los hombres. “Expulsaste a Adán y Eva y ahora me expulsas a mí”.

 

Pero Dios ama a Caín y le pone una señal de protección. “Y Caín salió de la presencia del Señor y habitó en Nod, al este de Edén.” (Génesis 4, 15-16). Caín ha salido de la presencia de Dios. Dios ha pasado a ser irrelevante. Por eso una de las promesas que anuncia Zacarías es la de servir al Señor con santidad y justicia en su presencia todos los días de nuestra vida (ver Lucas 1, 74-75).

 

Jesús, vuestro párroco

 

 

8 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 109.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (109)

El enfado de Caín 2: la envidia

 

Queridos hermanos:

 

Tras conocer un poco el significado de los nombres de Caín y de Abel no es de extrañar que la ofrenda de uno subiera gratamente a la presencia de Dios (como el humo, o mejor el incienso) y la del otro fuera rechazada. Pues, según dice los rabinos, Caín dio lo peor de su cosecha (tomates pasados, lechugas mostosas… las sobras), mientras que Abel ofreció el mejor cordero. “Pasado un tiempo, Caín ofreció al Señor dones de los frutos del suelo; también Abel ofreció las primicias y la grasa de sus ovejas. El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda; Caín se enfureció y andaba abatido.” (Génesis 4,3-5).

 

Se describen aquí dos de las tres características de la envidia: la ira y la tristeza o abatimiento.

Y aquí el Señor sale a buscar a Caín. Como hizo con Jonás. Como hizo con el hijo mayor: “El Señor dijo a Caín: «¿Por qué te enfureces y andas abatido? ¿No estarías animado si obraras bien?; pero, si no obras bien, el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo» (Génesis 4,6-7).

 

El pecado acecha a la puerta y te codicia, le dirá el Señor. Pero Caín le deja entrar. Y así el pecado comienza a trabajar dentro del arca del corazón. En los deseos y pensamientos que interpretan los hechos ocurridos, no desde el amor y la bondad, sino desde la injusticia y el victimismo. Caín piensa que Dios no le quiere porque ha rechazado su ofrenda. Caín deja de mirar al Señor y encuentra fastidio en que el Señor se haya fijado en la ofrenda de su hermano. La envidia del diablo se ha colado en el corazón de Caín: "No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes...por envidia del diablo entró la muerte en el mundo" (Sabiduría 1,13; 2,24). (Citado en Catecismo de la Iglesia Católica nº 413). “La envidia es un pecado capital. Designa la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea indebidamente. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal: "De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad" (s. Gregorio Magno, mor. 31,45). (Citado en Catecismo de la Iglesia Católica nº 2539).

 

Otro ejemplo de envidia que lleva al enfado, al odio y al deseo de asesinar es el que vivió el Rey Saúl ante David: “cuando David volvía de matar al filisteo, salieron las mujeres de todas las ciudades de Israel al encuentro del rey Saúl para cantar danzando con tambores, gritos de alborozo y címbalos. Las mujeres cantaban y repetían al bailar: «Saúl mató a mil, David a diez mil». A Saúl lo enojó mucho aquella copla y le pareció mal, pues pensaba: «Han asignado diez mil a David y mil a mí. No le falta más que la realeza». Desde aquel día Saúl vio con malos ojos a David” (1 Samuel 18, 6-9).

 

La envidia es ver con malos ojos al otro. Representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2540).

 

Jesús, vuestro párroco

 

7 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 108.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (108)

El enfado de Caín 1

 

Queridos hermanos:

 

El Génesis nos ofrece el crecimiento espiritual de Eva solamente mirando los nombres que pone a sus hijos.

“Adán conoció a Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín. Y ella dijo: «He adquirido un hombre con la ayuda del Señor»” (Génesis 4,1). Caín se relaciona con un verbo que significa adquirir, comprar, conseguir, poseer. Esto mismo se desarrollará en la personalidad de Caín, que tendrá afán de poseer. Su vida hace presente un puño que atrapa su presa, su pertenencia. La codicia está rondando buscando devorar a Caín. No es de extrañar que el Señor le diga: “el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo.” (Génesis 4,7).

 

“Después dio a luz a Abel, su hermano” (Génesis 4,2). Abel significa, en cambio, humo vanidad, viento, suspiro, vacío, nada, algo que no se puede atrapar con la mano. “Hebel hebelim”, dirá Qohelet, “Vanidad de vanidades” (Qohelet 1,1). Eva ya se ha dado cuenta de que a una persona no se la puede atrapar. Y que la propia vida no se puede atrapar. Se te escapa.

 

La codicia consiste en intentar retener en la mano… humo. Es decir, los bienes, el dinero, las personas, los afectos, la belleza, la juventud, la vida… Por eso la codicia es vanidad. Es un necio quien se fatiga para retener viento (ver Qohelet 5, 9 y 14-16). Es mejor fatigarse para Cristo, para su gloria, anunciando el evangelio (cf. 1 Tesalonicenses 2,8-9).

 

Con esas perspectivas vitales Adán y Eva, para educar a sus hijos, lo mejor era evitar que se enfrentaran. Y así: “Abel era pastor de ovejas, y Caín cultivaba el suelo.” (Génesis 4,2). Uno ganadero y el otro agricultor. Así no están juntos y no se pelean. No han aprendido el arte de vivir y de con-vivir, pues no tienen la Vida dentro.

 

El nombre del tercer hijo pondrá de manifiesto que Eva ha aprendido humildad: “Adán conoció otra vez a su mujer, que dio a luz un hijo y lo llamó Set, pues dijo: «Dios me ha dado otro descendiente en lugar de Abel, asesinado por Caín»” (Génesis 4,25). Eva ya ha descubierto que la vida es un don de Dios, “Dios me ha dado”. Ha perdido dos hijos en un día: uno por asesino, otro asesinado. Ya no es una adquisición, un apoderamiento, o pura vanidad sin sentido. La vida es un don. Y las manos, más que apretar para atrapar o desesperanzarse atrapando vientos, están hechas para abrirse al don. No es de extrañar que el texto diga a continuación algo sobre el nieto de Eva: “A Set le nació también un hijo, que se llamó Enós. Por entonces se comenzó a invocar el nombre del Señor” (Génesis 4,26). Cuando se descubre la vida como un don que se nos da, que se nos revela, la respuesta es la oración que invoca el nombre del Señor. La esperanza estaba sembrada. ¿Por mucho tiempo?

 

Jesús, vuestro párroco

 

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 107.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (107)

Las últimas palabras son de Dios ante el enfado de Jonás

 

Queridos hermanos:

 

Y viene el diálogo final de Dios con Jonás dejando la obra inconclusa, como en la parábola del Padre misericordioso y los dos hijos: “Dios dijo entonces a Jonás: —¿Por qué tienes ese disgusto tan grande por lo del ricino? Él contestó: —Lo tengo con toda razón. Y es un disgusto de muerte. Dios repuso: —Tú te compadeces del ricino, que ni cuidaste ni ayudaste a crecer, que en una noche surgió y en otra desapareció, ¿y no me he de compadecer yo de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas, que no distinguen la derecha de la izquierda, y muchísimos animales?” (Jonás 4, 9-11).

 

El profeta que se beneficia de la misericordia, elevando un salmo de acción de gracias, se enoja cuando esa misma misericordia alcanza a otros. En la persona de Jonás, Dios se dirige a todos aquellos que, a pesar de una larga experiencia de la misericordia que el Señor ha tenido con ellos, lamentan que esa misma misericordia sea concedida a los extraños. La libertad del amor de Dios no está ligada a nada ni a nadie.

 

Jonás expresa la decepción amarga de todo elegido que pretende hacer de la elección un privilegio en lugar de un servicio. Quiere apropiarse de Dios, pero que no lo ponga en misión.

 

Ser “Sem” o Jonás en la historia es un servicio para ayudar al retorno de Cam, (de Nínive), a la Casa del Padre y no un privilegio que impida a Cam entrar: “¡Ay de vosotros, maestros de la ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia: vosotros no habéis entrado y a los que intentaban entrar se lo habéis impedido!” (Lucas 11,52).

 

Jonás, es decir, Israel, tiene una misión: ser instrumento de salvación para todos los pueblos. Jonás sabe que esta es la intención de Dios al enviarle a Nínive (4,2). Pero a Jonás no le interesa la salvación de los ninivitas. Es más, la rechaza y se enoja ante ella. A sus ojos, los ninivitas son impuros. Apenas recorre un día sus calles y se aleja de la ciudad, aunque el sol le achicharre y esté a punto de desvanecerse. Porque para él, la elección no es vista ya como un servicio, sino como un privilegio, y se encierra en sí mismo. (Cf. Emiliano Jiménez. Jonás).

 

El ejemplo de San Pablo es bien distinto. El elegido es llamado por Dios para una misión en favor de los demás. Y en la fidelidad a la misión está su única dicha. Esa es su recompensa: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente” (1Co 9,16-18).

 

Dios tiene la última palabra. Y esa palabra es un gran interrogante dirigido a Jonás y, a través de él, a los oyentes del libro de Jonás. Una pregunta para los que se creen buenos y desprecian a los pecadores (Lc 18,9). La última palabra del libro de Jonás nos deja a todos en el corazón el gran interrogante de Dios: “¿Y no voy a tener yo compasión de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales?” (Jonás 4,11). “¿Acaso no convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado?” (Lucas 15,32). Son preguntas que esperan respuesta: “¿A quién enviaré?”…«Heme aquí: envíame» (Isaías 6,8).

 

Jesús, vuestro párroco

 

5 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 106.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (106)

El enfado de Jonás, como el enfado de Sem ante la conversión de Cam.


Queridos hermanos:

Jonás, que significa paloma en hebreo, que vive en la Casa del Padre, que siempre está con el Señor y que todo lo del Padre es suyo, se muestra, curiosamente, como lo contrario que es Dios, que es paciente y misericordioso.

El Señor envía a Jonás a predicar la conversión a una ciudad de un país extranjero y enemigo de Israel: Nínive, capital de Asiria. Jonás se escapa hacia las playas españolas (hacia Tarsis). (Jonás 1) [Seguramente aprovechando el fin del confinamiento].

Tras su pase por el vientre de la ballena (Jonás 2) se pone a predicar la conversión con bastante desgana: ¡Dentro de 40 días Nínive será destruida! (ver Jonás 3, 1-4). Ni un atisbo de misericordia, de Buena Noticia, de manifestación del amor de Dios, de su bondad. Solamente la expresión seca de la destrucción en un plazo de tiempo no muy largo. Un mes y diez días. Y la sorpresa viene cuando en un solo día de escuchar esta tremenda noticia todo el pueblo se convierte (ver Jonás 3, 5-9). Y el Señor no ejecutó la destrucción de Nínive (ver Jonás 3, 10).

Y ahora viene el enfado de Jonás y su oración recriminatoria al Señor (Jonás 4, 1-3). El Señor, [como hizo con Caín que estaba furioso, enfadado y abatido por no haber sido acogida su ofrenda, el Señor salió a hablarle (Génesis 4, 5-7), como salió a buscar al hermano mayor de la parábola], también salió a hablar a Jonás: ¿Por qué tienes ese disgusto tan grande? (Jonás 4,4). Y Jonás no contesta. Sale de la ciudad, se pone cómodo [se hizo unas palomitas, para entendernos] y se pone a esperar la destrucción de Nínive (Jonás 4, 5). Jonás, como Caín, no tiene amor a las personas. Sólo se ve a sí mismo como el que cumple. Y los demás son los que no cumplen. Como el fariseo.
A Jonás le ha pasado como a Juan y Santiago antes de su conversión que, ante la no acogida que les dio un pueblo samaritano, dirán a Jesús: “«Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y los regañó.” (Lc 9,54-55).

Y viene la escena del ricino, un árbol que da sombra a Jonás, un gusano que daña al ricino hasta que éste muere y un viento del desierto y una calor y el sol dándole en la cabeza a Jonás que casi pilla una insolación (ver Jonás 4, 6-8). Y Jonás se desea por cuarta vez la muerte. La primera cuando pide que le arrojen en el mar (1,12), la segunda (4,3); la tercera (4,8). La cuarta con su disgusto de muerte (4,9).

Dios Padre está intentando que Jonás experimente en su carne el fuego que desea para Nínive. Y espera que del corazón de Jonás salga la compasión hacia los pecadores y alegrarse de su conversión.
El Señor llama a la conversión a los ninivitas... y a Jonás; al hijo menor... y al mayor; a Cam... y a Sem, a los gentiles... y a los judíos (ver Romanos 11,30-33); a “ese” [hermano, hijo, esposo, cuñado, yerno...]... y a ti.

Jesús, vuestro párroco

4 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 105

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (105)

Sem también tenía el mejor vestido… sin poner

 

Queridos hermanos:

 

¿Cuál es el mejor vestido, la mejor túnica? ¿Se puede rasgar o compartir? ¿Si lo tiene uno puede tenerlo otro? Tenemos muchas gracias y dones en el arcón o armario. Pero el mejor vestido es el de la caridad y la alegría: “Ambicionad los carismas mayores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente” (1 Corintios 12,31 y 13, 1-3). Si hablara… si supiera… si tuviera fe…pero no llevo el vestido del amor, no sería nada, de nada me servirían los mejores servicios, las entregas más sublimes por los necesitados o hasta el martirio. Sería una campana que aturde.

 

En el banquete de bodas todos recibieron el vestido de la fe para entrar. Pero había uno que no llevaba el vestido de la caridad y la alegría y fue echado fuera. (Ver Mateo 21, 11-14). San Gregorio Magno en sus homilías al comentar este texto se pregunta: "pero, ¿qué clase de vestido le faltaba? Todos los fieles congregados en la Iglesia han recibido el vestido nuevo del bautismo y de la fe; de lo contrario no estarían en la Iglesia. Entonces, ¿qué les falta aún? ¿Qué vestido nupcial debe añadirse aún?" El Papa responde: "El vestido del amor". Y, por desgracia, entre sus huéspedes, a los que había dado el vestido nuevo, el vestido blanco del nuevo nacimiento, el rey encuentra algunos que no llevaban el vestido color púrpura del amor a Dios y al prójimo. "¿En qué condición queremos entrar en la fiesta del cielo —se pregunta el Papa—, si no llevamos puesto el vestido nupcial, es decir, el amor, lo único que nos puede embellecer?". En el interior de una persona sin amor reina la oscuridad. Las tinieblas exteriores, de las que habla el Evangelio, son sólo el reflejo de la ceguera interna del corazón” (cf. Homilía XXXVIII, 8-13, citado por Benedicto XVI. Homilía Misa Crismal. Jueves Santo, 5 de abril de 2007).

 

Cuando el Padre le dice al hijo mayor “deberías alegrarte” (Lucas 16,32) le está diciendo “deberías llevar puesto el vestido que te regalé, pues todo lo mío es tuyo”. Pues el vestido de la caridad brilla y resplandece por la alegría. ¿Se dará cuenta entonces Sem que tiene un vestido regalado y que no lo ha usado?

 

Ése vestido es el que el Señor puso a Adán y Eva tras el pecado para cubrir su desnudez (Génesis 3,21); es aquel que utilizó Rebeca para vestir a Jacob y suplantar a Esaú ante un ciego Isaac “tomó Rebeca ropas de Esaú, su hijo mayor, las más preciosas que tenía en casa, y vistió a Jacob, su hijo pequeño” (Génesis 27,15), ropas que huelen al Ungido del Señor y que Isaac, al olerlas bendijo a Jacob: «Acércate y bésame, hijo.» Él se acercó y le besó, y al aspirar Isaac el aroma de sus ropas, le bendijo» (Génesis 27,26-27). Dice San Agustín comentando este texto de la bendición de Isaac a Jacob: “se acercó y le besó. Y aspiró la fragancia de su vestido. Es que tenía la estola de su hermano, es decir, tenía la dignidad de la primogenitura que el otro malamente perdiera. Aspiró la fragancia de su vestido, le bendijo y exclamó: ¡Ea, la fragancia de mi hijo es como la de un campo ubérrimo que bendijo el Señor! Percibió la fragancia del vestido y anunció la fragancia del campo. Dentro del misterio interior entiende a Cristo y entiende a la Iglesia como vestido de Cristo.” (Sermón 4, 24). Es el vestido inconsútil, “sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo” (ver Juan 19, 23) que no fue rasgado; es la naturaleza divina que nos trae el verdadero hijo mayor, Jesucristo; es el vestido que se nos da con el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Pues al recibir estos sacramentos nos hemos revestido de Cristo mismo (ver Gálatas 3,27). Es un vestido único que no se deteriora ni mengua ni se fracciona aunque lo vistan multitud de personas. Haciendo paráfrasis de la secuencia del Corpus: “Quien de la caridad de Cristo se viste no la rompe, no la quebranta ni la desmembra; la recibe toda entera.” La caridad es eterna, no tiene fin. Y aunque muchos se revistan de ella es el mismo vestido y uno solo.

Jesús, vuestro párroco

 

3 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 104.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (104)

Sem tenía en el armario ropero el mejor vestido sin estrenar

 

Queridos hermanos:

 

Cam entró en la fiesta por la puerta principal. El hijo menor, al ser acogido por el Padre, no es acogido con vergüenza, a escondidas. Al contrario. Toda la casa, todos los sirvientes, son sabedores y toda la casa se pone en actitud de fiesta y acogida: anillo, sandalias, vestido (el mejor), cocinar el ternero, bailes, danzas, música… (Lucas 15, 22-24). El único que no lo sabe todavía es el hijo mayor. Parece que es el último en enterarse.

 

El diagnóstico que da el Padre sobre su hijo Cam es que estaba muerto (Lucas 15, 24 y 32). El hijo menor se había ido “aprisa” a un país lejano: lejos de Dios, de su padre, lejos de su hermano, de la tradición y cultura recibida… malgastando la vida recibida “aprisa” (Lucas 15, 11-13) hasta que vino un hambre extrema y acabará viviendo peor que un cerdo que al menos se alimentaba de algarrobas y él ni eso (Lucas 15, 14-16). Se había ido lejos hasta de sí mismo, pues cuando está pasando necesidad, entrará en sí mismo (Lucas 15, 17) y es cuando su primer pensamiento irá dirigido a los criados (hay ayudantes de cámara, mayordomos, camareros, sirvientes, cocineros, agricultores, ganaderos, caballerizos… y jornaleros, es decir, personas que trabajan un día, un jornal). El hijo menor ya no se reconoce como hijo. Tal es su situación de muerte. Seguramente piensa que no se lo merece y se juzga y se rebaja. Al menos como un jornalero. Y lo que le mueve a salir es más el pan que el Padre que lo da. Está muerto, pues busca la vida en el pan que no da la vida y no en el pan que da la vida eterna (ver Juan 6, 26-27 y 35). Y prepara una confesión que no llegará a terminar, pues el Padre le corta a mitad (Lucas 15, 18-21).

 

Y la sorpresa es que es recibido y tratado como hijo y esperado, abrazado y celebrado su retorno… a la vida. “En seguida” (Lucas 15, 22-23). El amor no admite demoras. “En seguida”. El anillo, con el que recupera su dignidad, su nobleza, su ser hijo, su capacidad para autentificar documentos. Las sandalias, propias de los libres, para pisar y caminar en casa de la que toma posesión. El ternero, los bailes, las danzas, la música, expresan que es acogido como hijo y no como jornalero. No va a parar a una celda de castigo. Se le monta una fiesta con amigos y sirvientes y con el ternero reservado para las ocasiones. El hijo no es escondido. Es exhibido con alegría, pues estaba muerto. (Acordaos de Jacob que pensaba que su hijo José estaba muerto, ver Génesis 37, 31-35). Y ha vuelto a la vida. “Y empezaron a celebrar el banquete”  (Lucas 15, 24). El perdón siempre se ha de celebrar. Y el hijo menor se deja abrazar, vestir, calzar, recuperar la dignidad de hijo con el anillo y participar de una gran fiesta que el Padre le ha preparado. Se deja querer.

 

¿Y el mejor vestido? ¿Si se lo dieron a Cam, lo tenía también Sem?

Jesús, vuestro párroco

 

 

2 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 103.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (103)

¿Y Sem tendrá dolor de los pecados y deseo de entrar en la fiesta?

 

Queridos hermanos:

 

¿Y Sem tendrá dolor de los pecados y deseo de entrar? Es decir ¿Sem entrará en la fiesta? Ciertamente sí. Un resto lo hará: “Isaías, por su parte, clama acerca de Israel: Aunque fuera el número de los hijos de Israel como la arena del mar, se salvará un resto” (Romanos 9,27). Un resto “elegido por gracia. Y si es por gracia, no lo es en virtud de las obras; de otro modo, ya no es gracia” (Romanos 11, 5-6).

 

Y aquí está la sorpresa del plan providente de Dios en la historia. “Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, para que no os engriáis: el endurecimiento de una parte de Israel [Sem] ha sucedido hasta que llegue a entrar la totalidad de los gentiles [Cam] y así todo Israel será salvo” (Romanos 11, 25-26).

 

¿Qué se necesita para entrar?

 

Para entrar hace falta humildad, dejarse querer. Y servir conforme al querer de Dios, es decir, con alegría: «servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores». (Salmo 100 (99), 2).

 

Para entrar hace falta salir de la propia justicia, dejar el ser dios y reconocer el Señorío del Único Dios: «Sabed que el Señor es Dios» (Salmo 100 (99), 3). Y que disponga de nosotros como quiera, pues «él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Salmo 100 (99), 3).

 

Para entrar en la fiesta, humildes y alegres, es necesario hacerlo agradecidos: «Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre» (Salmo 100 (99), 4).

El Padre dirá a su hijo mayor: “todo lo mío es tuyo”. Tener los dones y no disfrutarlos acaba haciendo que uno pierda la conciencia de ser hijo, va perdiéndose la capacidad de asombro y de acción de gracias y acaba mirando lo que se hace al otro, lo que se da al otro, como un agravio comparativo. Podríamos decir que el gran pecado que no ve el hijo mayor es la envidia y la tristeza. La humildad y agradecimiento lleva a entrar, disfrutando los dones de Dios, y a alegrarse de los dones que recibe el hermano, dones, por otra parte, también inmerecidos. La acción de gracias por el “don” siempre es fruto de la humildad, de quien recibe sin merecer. Quien vive pensando que se le debe todo siempre estará triste y amargado. Se trata de vivir sabiendo que tienes los dones de Dios, que todo es tuyo, y haciendo uso de esos dones con humildad, alegría y agradecimiento.

 

Para entrar hace falta confesar, proclamar: «El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades» (Salmo 100 (99), 5).

 

Es verdad, dirá Sem purificado: “Su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades” con mi hermano Cam… y conmigo Sem. “Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.” (Romanos 11,32).

 

Jesús, vuestro párroco

 

 

1 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 102

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (102)
Examen de conciencia para un Sem cualquiera

Queridos hermanos:

Muchos de nosotros somos Sem. Hacemos oración, escuchamos la palabra de Dios, celebramos la Eucaristía, hacemos algo de servicio o caridad… De cara a ir al Sacramento del Perdón puede que hagamos el examen de conciencia mirando los pecados de Cam. Y claro, decimos que no tenemos pecado. Pero peor pecado que el pecado es pensar que no tienes pecado (cf. 1 Juan 1, 8-10).

Jesús mismo dirá de los judíos que si no les hubiera hablado y no le hubieran odiado no tendrían pecado (Juan 15, 22-25). Es decir, eran irreprensibles, comparados con Cam. Pero Sem conviene que vea lo pecados propios de Sem.

Hagamos, pues, un examen de conciencia para un Sem cualquiera. Nos puede ayudar la parábola del fariseo y el publicano. Dice el texto: “confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo…” (Ver Lucas 18, 9-14).

Es un perfecto retrato de Sem. Confianza en sí mismo, sin tener una humilde confianza en el Señor; considerarse justo conforme su propia justicia; el desprecio de los demás y justamente lo que achaca a los demás también lo comete él, pero de forma más sibilina, sutil, diabólica: dice que no es como los demás hombres. En eso quizá tenga razón. Es peor. Dice que no es ladrón. Y es un saqueador. Pues le roba la gloria a Dios, se atribuye sus obras, busca ser reconocido por ellas (el “para ser visto por los hombres” de Mateo 6,2 y 5 y 16) y roba incluso las palabras de otros y se las atribuye a sí mismo (ver San Antonio de Padua. Sermón Liturgia de las Horas 13 junio). Dice que no es injusto, y se sale de la justicia de Dios y establece la propia justicia, satisfecho de sus obras (ayunos, diezmos), murmurando de Dios y juzgando y condenando a los demás (ver Romanos 1,17-24). Dice que no es adúltero y es un idólatra de su propia imagen, y amigo del dinero (Lucas 16, 13-15). Dice que no es “como ese publicano”, al que desprecia. ¡Ay, si no fuera por él!, piensa en sus adentros. Se distancia del incumplidor al que desprecia. Solo se relaciona con los trabajadores-cumplidores, con los que le ríen las gracias, los que le aplauden sus servicios. Son quizá esos los “amigos” con los que prefiere comerse un cabrito antes que entrar en la fiesta de “ese hijo incumplidor de su padre”.

Las consecuencias de su pretendida justicia: Una falsa confianza en sí mismo, considerarse justo y despreciar a los demás. Son pecados difíciles de ver y de confesar con hechos concretos, pues van más allá de los actos. La arrogancia o soberbia, la vanidad, el no necesitar un Salvador, el confiar en la propia justicia. Es un modo de ser y vivir. Pidamos la intercesión de la Virgen María (que también desea la conversión de Sem) y que el Señor vuelva a hacer proezas con su brazo en Sem soberbio, poderoso, rico: “Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lucas 1, 46-55).

Jesús, vuestro párroco

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 101.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (101)

El enfado del hijo mayor es el enfado de Sem por el regreso de Cam

 

Queridos hermanos:

 

Tras trabajar tanto tiempo el arca de Noé y últimamente la parábola del Padre misericordioso y los dos hijos, podemos descubrir, en el enfado del hijo mayor, el enfado de Sem. Los judíos (descendientes de Sem o semitas), el hijo mayor, ése Sem (que a lo largo de la historia de la salvación ha estado con el Padre y que todo lo del Padre es de él), se ha enfadado cuando ha regresado Cam, se le ha montado una fiesta y se le ha matado un ternero cebado. En el regreso de Cam, el hijo menor, están todos los gentiles.

 

Sem ha cargado con la Alianza, la Ley, los profetas, el culto, el templo, las promesas… (ver Romanos 9, 4-5) “y, - podría decir Sem-, ahora viene Cam, ese hijo tuyo que ha abusado de ti, levantando tu desnudez, que ha gastado tu dinero con prostitutas… y le matas el ternero cebado. ¡No hay derecho! Yo he sido fiel. Él no. En tantos años como te sirvo… toda la historia de la salvación…Yo nunca he desobedecido una orden tuya, yo… yo… en cambio a mí no me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos.” Una pena que se conforme con tan poco (un cabrito) cuando todo es suyo. ¿Y tú con qué te conformas, si todo es nuestro? (Ver 1 Corintios 3, 21 y 23).

 

Y el Padre de la parábola, padre de Sem y de Cam no puede menos que invitar a Sem a redescubrir en Cam un hermano que ha vuelto al arca: era preciso celebrar un banquete y alegrarse. Cam es tu hermano, le podría decir el padre. Este hermano tuyo “estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” (15,32). Sí, Cam estaba muerto. Y ha revivido.

 

“¿Qué diremos? Que los gentiles [Cam], que no buscaban la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia de la fe, mientras que Israel [Sem], que buscaba la ley de la justicia, no alcanzó la ley. ¿Por qué? Porque la buscaba no en virtud de la fe, sino como si se pudiera alcanzar en virtud de las obras: tropezaron en la piedra de tropiezo” (Romanos 9, 30-32).

 

“En efecto, [Sem] desconociendo la justicia de Dios y buscando establecer su propia justicia, no se sometieron a la justicia de Dios; pues el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree” (Romanos 10,3-4).

 

Para el Padre hay sitio para Sem y para Cam. Pues usa de misericordia con todos los Sem y Cam de la historia: “Así como vosotros [Cam], en otro tiempo, desobedecisteis a Dios, pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos [de Sem], así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.” (Romanos 11, 30-32).

 

Y es que “en la casa de mi Padre hay muchas estancias”, dirá Jesús (Juan 14,2). Jesús, el verdadero hermano mayor, ha venido para que haya un solo redil, y reunir a unas ovejas y otras en una sola arca (Juan 10, 14-16).

 

Jesús, vuestro párroco