11 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 82

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (82)

Unos sarmientos muy unidos

 

Queridos hermanos:

 

Hay quien se hace amigo de querellas (Judas 16), amigos del placer, de reyertas y dado al vino (2 Timoteo 3, 4), amigo por realizar juntos un mal, como Herodes y Pilatos, que se hicieron amigos en la mutua condena a Jesús (Lucas 23,12), amigos de ser saludados en las plazas y de ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes (Lucas 20, 46), amigos de las burlas y del dinero (Lucas 16,14), amigos del César siempre que uno no sea amigo de Jesús (Juan 19,12), amigos del mundo (Santiago 4,4).

 

Es mejor ser amigos del esposo (Marcos 2,19). Esto lleva a ser amigo de publicanos y pecadores (Lucas 7,34) y amigos del bien (Tito 1,8). Y lleva a tener una amistad casta y limpia, en verdad y caridad. Hay un ejemplo muy bello de esta amistad: la amistad que tuvieron David y Jonatán (ver 1 Samuel 18, 1-4; 19, 1-7).

 

Saúl es el rey. Ya ha sido desechado por su pecado gravísimo de rebeldía, contumacia, hechicería. Su hijo Jonatán es, teóricamente, el sucesor. Sin embargo Dios ha elegido a David. Y sin saber Jonatán nada de esta elección prefiere que David sea Rey. De forma muy hermosa describe esta amistad el Beato Elredo:

 

“Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al Señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mismo y ensalzándolo a él: Tú –le dice– serás el rey, y yo seré tu segundo. ¡Oh preclarísimo espejo de amistad verdadera! ¡Cosa admirable!” (Tratado sobre la amistad espiritual 3).

 

Saúl perseguirá a David a muerte con su ejército. “Sólo Jonatán, el único que podía tener algún motivo de envidia, juzgó que tenía que oponerse a su padre y ayudar a su amigo, aconsejarlo en tan gran adversidad y, prefiriendo la amistad al reino, le dice: Tú serás el rey, y yo seré tu segundo.” (Puedes leer 1 Samuel 20).

 

La amistad de Jonatán con David tuvo que superar el veneno lanzado por su padre Saúl: «¡Hijo de una mala madre! Bien sabía yo que sientes predilección por el hijo de Jesé, para vergüenza tuya y de la indecorosa de tu madre. En tanto que viva el hijo de Jesé sobre la tierra, no estarás seguro ni tú ni tu realeza. Manda pues, cogerle, porque es reo de muerte» (Ver 1 Samuel 20, 30-31). Son palabras “capaces de incitar su ambición, de fomentar su envidia, de provocar su emulación y su amargor: Mientras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro. ¿A quién no hubieran impresionado estas palabras? ¿A quién no le hubiesen provocado a envidia? Dichas a cualquier otro, estas palabras hubiesen corrompido, disminuido y hecho olvidar el amor, la benevolencia y la amistad. Pero aquel joven, lleno de amor, no cejó en su amistad, y permaneció fuerte ante las amenazas, paciente ante las injurias, despreciando, por su amistad, el reino, olvidándose de los honores, pero no de su benevolencia. Tú –dice– serás el rey, y yo seré tu segundo. Esta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil. Anda, pues, haz tú lo mismo.” (Beato Elredo. Tratado sobre la amistad espiritual 3).

 

 Jesús, vuestro párroco

 

10 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 81

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (81)

Los sarmientos de la Vid
 
Queridos hermanos:
 
El sarmiento es el vástago de la vid, largo, delgado, flexible y nudoso de donde brotan las hojas, los zarcillos y los racimos. Jesús no dice: “Yo soy el tronco y vosotros los sarmientos”. Dice: “Yo soy la Vid”. Y los sarmientos también son vid. Es la imagen que utiliza el evangelista San Juan. San Pablo utilizará la imagen del Cuerpo (1 Corintios 12, 12-30): la mano es cuerpo, el ojo es cuerpo… Ambas imágenes (la vid, el cuerpo) expresan lo mismo con matices riquísimos cada uno.
 
Al estar unidos los sarmientos a la vid, los sarmientos también participan de esa amistad o unidad. Pues no puede estar un sarmiento, unido a la vid, si no lo está también a los demás sarmientos. La alegoría de la Vid y los sarmientos es una imagen bellísima de la Iglesia.
 
Sobre la amistad entre los sarmientos, San Ambrosio, escribió lo siguiente: “Ciertamente consuela mucho en esta vida tener un amigo a quien abrir el corazón, desvelar los propios secretos y manifestar las penas del alma; alivia mucho poseer un hombre fiel que se alegre contigo en la prosperidad, comparta tu dolor en la adversidad y te sostenga en los momentos difíciles. ¡Qué hermosa es la amistad de los tres muchachos hebreos! Ni siquiera la llama del horno fue capaz de separar sus corazones. (...) ¿Qué es el amigo sino un amable compañero con quien te unes íntimamente hasta fundir tu alma con la suya y constituir un solo corazón? En él te abandonas confiadamente como a otro yo, de él nada temes, y nada inconveniente le pides para ti mismo” (San Ambrosio. Sobre la amistad. Los deberes de los ministros, III).
 
¿Quieres saber si ese que consideras amigo lo es en verdad? Es un amigo el que te acompaña o anima a la oración, a pedir perdón, a celebrar la Eucaristía, el que te dice la verdad, el que permanece contigo en medio del fracaso, la debilidad o el pecado, el que te anima, te corrige, te estimula a permanecer fiel en la dificultad o persecución, como los tres jóvenes Ananías, Azarías y Misael, que permanecieron unidos en el horno encendido. El que te anima a emborracharte o a pecar o a dejar tus obligaciones o alejarte del Señor o de la Iglesia no es amigo. Será colega o compañero o lo que quieras. Pero no amigo, pues busca arrancarte de la Vid, de la amistad con Jesucristo y con su Iglesia.
 
Sobre la amistad escribió el libro del Sirácida o Eclesiastés: “Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro” (ver Eclesiastés 6, 5-17). El amor del Padre, la gracia de Jesucristo, la comunión entre las personas que crea el Espíritu Santo hace, de los enemigos o indiferentes, hermanos y amigos (ver 2 Juan 15).
 
 Jesús, vuestro párroco

9 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 80

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (80)

Asemejados a la Vid

 

Queridos hermanos:

 

El amor iguala amante y amado. Al estar unidos a la vid nos hace vid con él, sarmientos de la vid que dan fruto. ¿Qué frutos? Los frutos del Espíritu Santo.

 

“Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: "caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad" (Gálatas 5,22-23, vulgata)”. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1832). Como dirá Jesús, “por sus frutos los conoceréis” (ver Mateo 7, 16-20).

 

El amor nos asemeja con el amado. Lo decía San Juan de la Cruz:

 

“Tan sólo el amor puede hacer que el alma sea igual a Dios. Cuando el alma tiene perfecto amor se llama Esposa del Hijo de Dios, porque el amor crea igualdad entre el Esposo y la Esposa. Crea amistad. Y en la amistad no hay tuyo ni mío, sino que todo es de los dos amigos, como lo dijo el Esposo a sus discípulos: «Os llamo amigos porque os he comunicado todo lo que le he oído a mi Padre» (Juan 15,15)” (Anotación para la canción 28. Cántico Espiritual B).

 

Por ello la consagración al Señor, el anhelo de santidad, el deseo de estar con Él, es lo más fecundo. Unido a Él, entregado a Él como su esposa, su amigo, su sarmiento, ya no tendremos otro oficio. Solo dar fruto, solo amar, será nuestro ejercicio:

 

“Allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia muy sabrosa, y yo le di de hecho a mí, sin dejar cosa; allí le prometí de ser su esposa. Mi alma se ha empleado y todo mi caudal en su servicio; ya no guardo ganado ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio” (San Juan de la Cruz. Cántico Espiritual B. canciones 27 y 28).

 

Pidamos a la Santísima Trinidad que lleve a cabo su obra. Que haga de nosotros verdaderos amigos de Jesucristo, pues hemos sido elegidos por él, nos ha hecho sus amigos, nos ha revelado sus confidencias, ha sido fiel con nosotros, en definitiva, nos ha amado. Recordemos las características de la amistad:

 

-  fidelidad u obediencia (“vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando”, Juan 15,14);

 

- estabilidad o permanencia (“permaneced en mi amor”, Juan 15,9);

 

- confidencialidad (“no os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”, Juan 15,15);

 

- elección (“no me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros”, Juan 15,16).

 

Su amor nos iguala a Él por los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía, para que la savia que corra por nuestras venas sea su gozo (“os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado” Juan 15,11) y por nuestras venas corra también su caridad (“este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Juan 15,12.17). Que demos, pues, abundantes frutos.

 

 Jesús, vuestro párroco

 

8 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 79

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (79)

La Vid, el Viñador y la Savia

 

Queridos hermanos:

 

Cada uno de nosotros hemos requerido la atención y la acción de las tres personas divinas. Pues “el que sigue a Cristo, lo hace porque el Padre lo atrae (cf. Juan 6,44) y el Espíritu lo mueve (cf. Romanos 8,14)” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 259).

 

El Padre, diligente Viñador, cuida de su viña. Sus acciones pueden ser muchas y continuas a lo largo del año (entrecavar, quitar las piedras, hacer el lagar, la casa del guarda...cf. Isaías 5,2). Jesús sólo nos habla de dos: CORTA O PODA. Corta el sarmiento si no da fruto y poda para que dé más fruto. Y cuando da más fruto… vuelve a podar para que dé más fruto. Este “más fruto”, “es una llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más fruto”. (San Juan Pablo II. Christifideles Laici nº 57). “Sólo el sarmiento que no teme dejarse podar por el viñador, da más fruto para sí y para los demás” (ídem nº 63).

 

La PODA la realiza de varias formas. Jesús nos habla de una en el Evangelio: “Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado” (Juan 15,3). Otras formas de podar es la corrección que nos hace en la propia historia: una prueba, dificultad o enfermedad…; también gracias a la acción de otro sarmiento: la corrección fraterna (cf. Mateo 18,15-17). Toda poda o corrección, aunque no es agradable, nos ayuda a ir a lo esencial: dar fruto. Y nos llena de vida y fuerza. (cf. Hebreos 12, 5-13).

 

¿Cómo no dar gracias a Dios por las podas recibidas? El Padre viene continuamente a evitar que perdamos de vista lo esencial, quienes somos, adonde vamos: somos sarmientos unidos a la Vid, estamos llamados a dar fruto dulce que permanezca. Quizá podamos ver en lo que ocurre una poda.

 

El Espíritu Santo es la Savia, implícita en el texto de San Juan, que debe llegar al extremo de cada rama para que dé ese racimo de uva dulce. La poda del Padre permite quitar lo que sobra para que el sarmiento se concentre en el fruto dulce de la uva (que pisada en el lagar, saca su sangre o zumo, el mosto; éste, fermentado, produce el vino que alegra el corazón del hombre (Salmo 104 (103), 15).

 

La elaboración del vino nos habla de la Pasión de Cristo: pisado en el Lagar, su sangre nos redime, sus heridas nos curan. Por estar unidos a la Vid, se espera que demos uvas dulces y no agraces o uvas amargas (cf. Isaías 5,4).

 

La acción de la Santísima Trinidad en la Vid, (la Poda del Padre, la unión con el Hijo, la Savia del Espíritu), produce unos frutos. “El "Espíritu del Hijo" les enseña a orar al Padre (cf Gálatas 4,6) y, haciéndose vida en ellos, les hace obrar (cf Gálatas 5,25) para dar "los frutos del Espíritu" (Gálatas 5,22) por la caridad operante”. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1695). San Pablo los describe en Gálatas 5,22-23. San Juan los deja entrever en el capítulo 15, donde destacan el amor, la alegría y la fidelidad.

 

Pidamos no ofrecer resistencia a la acción del Viñador, la Vid y la Savia.

 

 Jesús, vuestro párroco

 

 

7 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 78

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (78)

La Vid y los sarmientos

 

Queridos hermanos:

 

Jesús se definió a sí mismo en muchas ocasiones. El nombre del Señor en el Antiguo Testamento, “Yo soy”, aparece numerosas veces en el Evangelio de San Juan, sobre todo con un predicado: «Yo soy el pan de vida» (Juan 6, 35 y 48), «Yo soy el pan bajado del cielo» (6, 41 y 51), «Yo soy la luz del mundo» (8,12), «Yo soy la puerta de las ovejas» (10,7 y 9), «Yo soy el Buen Pastor» (10,11 y 14), «Yo soy la resurrección y la vida» (11, 25), «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (Juan 14,6), «Yo soy la verdadera vid», (15, 1 y 5). En esta última expresión de su ser, - la Vid -, añadió algo muy hermoso: «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (15,14). Amistad con Jesucristo por estar unidos a Él, como el sarmiento a la vid, y por dar el fruto que nos manda, el amor: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (15,12).

 

Para ello es necesaria la oración, el trato íntimo, tratar de amistad con Jesucristo, muchas veces, tratar a solas. Dice el catecismo citando a Santa Teresa: “¿Qué es esta oración? Santa Teresa responde: "no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (vida 8).” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2709). El evangelio lo expresa con el verbo permanecer: “permaneced en mí, y yo en vosotros”. Hasta once veces utiliza el pasaje el verbo permanecer. Y ocho la palabra fruto (ver Juan 15, 1-17).

 

Entre los amigos de Dios está Moisés. Así lo describe la Escritura: “El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo.” (Éxodo 33,11). Un ejemplo de esta amistad es este texto: Éxodo 34, 4b-6. 8-9. Es una amistad que lleva a interceder por el pueblo, aunque sea de dura cerviz, y haya cometido iniquidades y pecados. Esta amistad, ni los mismos sufrimientos pueden destruirla y se expresa en la alabanza, aun en medio del fuego de la adversidad, como los tres jóvenes (ver Daniel 3, 52-56). La amistad con Dios Padre, por medio de estar unidos a la Vid, que es Jesucristo, y participar de su misma savia, que es el Espíritu Santo, nos colma de gracia, amor y comunión, de alegría, de deseo de crecer en santidad, de ánimo (ver  2 Corintios 13, 11-13). Y es que Dios es amor, amor desmesurado. Tanto amor, como para entregar a su Hijo Único sin reserva ni condiciones (Juan 3, 16-18).

 

La alegoría de la Vid y los sarmientos nos habla del muchísimo amor de Dios. Pues Jesús no dice: “vosotros sois los que os coméis la uva”, sino que a sus discípulos los llama “amigos”, sarmientos y miembros de la misma Vid, que es Él… si hacen lo que les manda. Si Él y nosotros somos uno, daremos el mismo fruto que da él: el amor, la alegría, la fidelidad. Por eso invita continuamente a estar unidos a Él para dar más fruto: “permaneced en mi amor” (15,9).

 

 Jesús, vuestro párroco

 

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 77

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (77)

La Vid

 

Queridos hermanos:

 

La Vid tiene elementos propios que lo diferencian de otros árboles que tienen raíces, tronco, ramas, hojas, flores, frutos… Estos han de estar junto a corrientes de agua para que no se marchiten sus hojas y sus frutos sean medicinales (cf. Salmo 1; Ezequiel 47, 12; Apocalipsis 22,2).

 

Pongamos el ejemplo de los cipreses, que rectos y austeros, como contemplativos, sin extensiones, con sus ramas apretadas, sin pretensiones de abarcar más, solo miran a Dios. Todas sus ramas acaban en punta. Hacia Dios se elevan, y hacia Él dirigen sus oraciones. Su estructura no se distrae con innecesarias u ostentosas formas o superfluas figuras. Su lugar habitual son los cementerios o los claustros de los Monasterios. Su recogerse en la oración, estando pendiente solo del Cielo, es una catequesis de lo que debe ser nuestra vida en este mundo y lo que esperamos será la futura en el Cielo, después de habernos distraído tanto por la tierra. Siempre están verdes (cf. Oseas 14,9). Su fruto no aprovecha al hombre. Es solo para Dios.

 

En la Vid, en cambio, las ramas están más cerca de la raíz. Apenas tiene tronco como los demás árboles. La tierra de la Viña es árida, seca. Los sarmientos, o ramas de la vid, anexionados al tronco, y el mismo tronco, son secos. Si se corta un sarmiento, no cae savia, no contiene casi jugos para sí, ya que todo el sarmiento es vehículo de la vid para el grano de uva, que se llena hasta rebosar de jugo. La poda que hace el Viñador pretende que todo su esfuerzo sea dar ese fruto sabroso y dulce.

 

Lo podemos comparar con la Cruz y con nuestra vida: Igual que del seco madero de la vid pende el fruto más dulce, así Jesús, en el árbol tan seco de la Cruz, nos mostrará el racimo más dulce: su amor de entrega hasta dar la vida, sus llagas que derraman el mosto de su caridad. La sequedad de la fe, de la esperanza y de la caridad es muy importante en nuestra vida. Es la sequedad de la cruz. El árbol más fecundo.

 

Sobre la sequedad nos dice el catecismo: “Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la contemplación en la que el corazón está seco, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. "El grano de trigo, si muere, da mucho fruto" (Juan 12, 24). Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión (cf. Lucas 8, 6 y 13).” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2731).

 

 Jesús, vuestro párroco

 

5 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 76

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (76)

Mejores son que el vino tus amores

 

Queridos hermanos:

 

Como el vino resulta de trasmutar la dulzura del mosto en alcohol o espíritu, que entra por las venas como nuevo espíritu, como dinamismo nuevo, así también nosotros, Eucaristía tras Eucaristía, recibimos un Espíritu nuevo, haciendo caso del apóstol San Pablo: “No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu” (Efesios 5,18).

 

La Eucaristía, donde comulgamos ese vino nuevo que es la sangre de Cristo, requiere odres nuevos. Vino nuevo en odres nuevos. El mejor vino en odres nuevos. Por eso es tan necesaria la conversión, la renovación continua, que evite que reviente el odre y nos echemos a perder (cf. Marcos 2,22; Mateo 9,17). El proceso de fermentación emite gases. Si el pellejo no tiene cierta elasticidad el odre revienta. El odre nuevo permite meter vino nuevo y resiste ese proceso de fermentación. Sin la conversión estamos aviejados, y pronto agrietados, de tal forma que ya no se conservan las gracias que diariamente nos da el Señor.

 

La Eucaristía nos une a Cristo y nos hace borrachos, ebrios del Espíritu Santo en una sana sobriedad. ¡Qué pena vivir el cristianismo como Cam, o como la mujer de Lot, con tristeza o nostalgia, mirando atrás! (cf. Lucas 9,62).

 

A Cristo lo llamaron borracho (cf. Lucas 7,33-34). A los discípulos, tras recibir el Espíritu Santo el día de Pentecostés y ponerse a predicar, (de qué forma lo harían, que suscitó la estupefacción en la gente), los llamaron borrachos (cf. Hechos de los apóstoles 2,12-13).

 

¡Ojalá nos llamen a nosotros también borrachos de Cristo, de su Espíritu Santo, de su amor a la Iglesia, de la misma caridad! ¡Ojalá, de esta misma borrachera, se beneficien muchos!

 

Pues ese algo más que recibimos en cada eucaristía (el mejor vino) nos lleva a ir un poco más allá de la ley y como el samaritano usar de misericordia con los que han caído en manos de los saltadores, curándoles con aceite de consuelo y vino de esperanza (cf. Lucas 10,34).

 

Cada Eucaristía es una nueva etapa en tu vida. Tras lo vivido en la pandemia, la recuperación de la Eucaristía, celebrada en la comunidad cristiana, traiga en tu vida una nueva etapa que transforme el agua en vino nuevo, un vino mejor cada vez (cf. Juan 2,10) y nos conceda permanecer unidos a Cristo como sarmientos inútiles que hacen lo que tienen que hacer: estar unidos a la Vid (cf. Juan 15, 1-11). De esta forma podremos proclamar con la esposa del Cantar: “mejores son que el vino tus amores” (Cantar de los Cantares 1,2.4). Y mucho mejor, escuchar del esposo Jesucristo esto mismo dirigido a nosotros: “mejores son que el vino tus amores”  (Cantar de los Cantares 4,10). Dile a Jesucristo que lo amas. Celebra la Eucaristía. Y díselo con palabras y díselo con tu mente, corazón, memoria, voluntad, pensamientos, deseos, con tu cuerpo y alma. Y que el Señor pueda decirnos que nuestro amor a él y a los hermanos es mejor que el vino.

 

 Jesús, vuestro párroco

 

 

4 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 75

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (75)

El mejor vino

 

Queridos hermanos:

 

El vino siempre es figura del “algo más” que nos da el Señor. Si el pan es el alimento básico y elemental, es decir, “la prosa de cada día, el vino es la poesía, la propina, la fiesta”, como dice Luis Alonso Schökel en sus meditaciones bíblicas sobre la eucaristía, “el vino es esa propina (la palabra propina viene del latín pino = beber)” ese algo más, que hace que la vida tenga sentido. El vino es la alegría, la amistad, el amor, el sacrificio. Es la alegría de sacrificar la propia vida por amor a los amigos (cf. Juan 15,11-14).

 

Aunque es un arma de doble filo, porque da alegría y quita el sentido. Ciertamente, no hemos de hacer como Nadab y Abihú, hijos de Aarón, que murieron en el santuario, seguramente por entrar borrachos, según lo que se desprende de las indicaciones que Dios da a Aarón (cf. Levítico 10,1 y 9).

 

El vino es figura de una nueva etapa en la historia.

 

Ya vimos cómo tras el diluvio, y el confinamiento en el arca, Noé, nuevo Adán, plantó una viña y bebió del fruto de la vid (Génesis 9,20-21).

 

Cuando el pueblo de Israel entró en la Tierra Prometida comenzó a celebrar la Pascua con los frutos de los productos del país, cuyos racimos son gigantescos (cf. Números 13,23-24; Josué 5,10-12).

 

Con Cristo se inaugura una nueva era en el contexto de unas bodas, donde falta el vino y, aunque no ha llegado su hora, por intercesión de la Virgen María, inaugura esta nueva etapa convirtiendo el agua en vino (cf. Juan 2,1-10).

 

Tras el diluvio, que fue nuestro Bautismo, hemos sido introducidos en la sala del banquete (cf. Cantar de los Cantares 1,4), que es la Eucaristía, anticipo de la Tierra Prometida.

 

Por eso, cada Eucaristía puede ser para nosotros un empezar de nuevo, una nueva etapa. Como el vino requiere el tiempo de silencio y oscuridad de la fermentación del mosto, así también nosotros, tantas veces a oscuras, vamos siendo transformados en lo que recibimos, Eucaristía tras Eucaristía. En cada Eucaristía, al comulgar con el Cuerpo de Cristo, también recibimos su Sangre, ese vino nuevo, el mejor vino, derramado por nuestro Esposo en la cruz, su sangre. En cada Eucaristía, al comulgar con el Cuerpo de Cristo, recibimos el Espíritu Santo que hace que seamos uno. Pide celebrar la Eucaristía, recibir el pan de su Palabra y su Cuerpo y Sangre diariamente. “Danos hoy nuestro pan de cada día”.

 

Jesús, vuestro párroco

 

3 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 74

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (74)

No les queda vino…. sin avinagrar

 

Queridos hermanos:

 

Hoy, como en los tiempos de las Bodas de Caná, resuenan las palabras de la Virgen María a su Hijo Jesús con el deseo de adelantar la hora de Jesús: “No les queda vino”. Hoy podríamos poner en labios de la Virgen esta expresión: “No les queda vino… sin avinagrar”. Y junto a esto escuchar: “Haced lo que él os diga” (ver Juan 2, 1-11).

 

Y es que hemos dado oxígeno a la idolatría, hemos dejado un resquicio al diablo, hemos dejado un poco de lado la vigilancia: No dejéis resquicio al diablo, pues ronda buscando por donde entrar a la botella de vino (ver Efesios 4, 26-27 y 1 Pedro 5, 6-11). Y apenas nos hemos dado cuenta de ese lento proceso de desánimo, apatía espiritual y pérdida de celo.

 

¿Cómo evitar que el oxígeno, que se ha colado por el resquicio dejado al diablo, alimente la bacteria del individualismo y entremos en un proceso de avinagramiento?

 

Los síntomas de la pérdida del fervor y de la alegría, de la aspereza en el trato y la falta de caridad nos acercan a la necesidad del vino en nuestra sociedad, es decir, la necesidad del vino nuevo del Espíritu Santo. Hoy más que nunca hacen falta “Evangelizadores con Espíritu”.

 

Así lo explicaba el Papa Francisco:

 

“Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. (…)  Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía.” (Evangelii Gaudium nº 262).

 

El Papa nos dice que son necesarias Marta y María desde la primacía de la oración. Es el Ora et Labora de San Benito.

 

María, en el Cenáculo, anima a los discípulos a pedir el Espíritu Santo y se reúne a orar con ellos (ver Hechos de los apóstoles 1, 12-14). María hoy también te anima a ti a pedir el Espíritu Santo. Para hacer lo que Jesús dice. Y dice dos cosas en la escena de Caná: Llenar las tinajas de agua y sacarla fuera. Esa tinaja eres tú. Ese vino, la gracia sacramental, la gracia del Espíritu Santo, además de llenar tu vida ha de ser sacado fuera para que tantos puedan decir que el mejor vino el Señor lo reservó para el final.

 

Jesús, vuestro párroco

 

2 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 73

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (73)

La acedia en nuestro vino

 

Queridos hermanos:

 

Las características que desarrollábamos en la migaja anterior nos hablan de la acedia, que según el Catecismo de la Iglesia Católica es una pereza espiritual que llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino (nº 2094). Es una especie de aspereza o de desabrimiento debidos al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón (nº 2733). Y también: “es una forma de depresión debida al relajamiento de la ascesis y que lleva al desaliento.” (nº 2755). Lo mismo que le ocurre al vino le ocurre a la persona en la vida espiritual.

 

El Papa Francisco retrató la acedia en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. La acedia provoca personas desilusionadas “con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos (…) Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico” (Evangelii Gaudium nº 83). El avinagramiento hace que aparezca el “descontento crónico, por una acedia que le seca el alma” (Evangelii Gaudium nº 277). Nos convierte en “pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre” (Evangelii Gaudium nº 85). “Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida” (Evangelii Gaudium nº 2). Se da más de lo que pensamos un cierto estado de aburrimiento, disgusto, contrariedad de dejar lo que uno tenía antes del confinamiento, abatimiento, desánimo, languidez, sopor, indolencia, adormecimiento, somnolencia, pesadez, tanto del cuerpo como del alma, insatisfacción vaga y generalizada en la que uno no siente gusto por nada, todo lo encuentra soso, insípido y uno deja de esperar algo de la vida. Aparecen la inquietud, la ansiedad, el disgusto (cf. Jean Claude Larchet. Terapéutica de las enfermedades espirituales. Ed. Sígueme. Salamanca. 2016. Pág 187ss).

 

¿La causa? El Papa habla de tres: El individualismo, una crisis de identidad y una caída del fervor. Son tres males que se alimentan entre sí (Evangelii Gaudium nº 78).

 

Es necesario el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo no recibe “oxígeno” de otra procedencia. Espíritu Puro y Santo, verdadero alcohol de nuestras almas, que hizo parecer borrachos, a primeras horas de la mañana, a los discípulos el día de Pentecostés, de los que la gente decía: “¡Están llenos de mosto!” (cf. Hechos de los apóstoles 2, 12). Espíritu del Amor y la Comunión (ver 1 Corintios 12, 12-13), Espíritu humilde que no hace sino colocar al otro como protagonista: al Padre, al Hijo… y a ti, pues su obra en ti, secundada por ti, redunda en mérito tuyo (ver 1 Corintios 15,9-10).

 

El Espíritu Santo es el que extrae con su gracia el oxígeno a nuestros odres para que no se avinagren. Es el que nos permite guardar el precioso depósito, el vino nuevo (ver 2 Timoteo 1, 9-14). Es más, es el que “hace rejuvenecer a la Iglesia por la virtud del Evangelio, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo” (Concilio Vaticano II. Lumen Gentium 4). Pidamos el Espíritu Santo, Guardián Santo y rejuvenecedor de nuestra vida.

Jesús, vuestro párroco

 

1 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 72

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (72)

Noé, primer viticultor

 

Queridos hermanos:

 

Dice el relato del Génesis que “Noé era agricultor y fue el primero en plantar una viña. Bebió del vino, se emborrachó” (Génesis 9, 20-21). Todo esto ocurrió tras la estancia en el arca de un año y diez días y tras el sacrificio que hizo al Señor y la Alianza que realizó el Señor con esa nueva humanidad. Mucho ha pasado desde esa primera viña, esas primeras uvas, esa primera vendimia y esa primera fermentación del mosto. Esa primera cata de vino, que por ser primera o por ser excesiva (o ambas) devino en borrachera.

 

Distinto uso hizo del vino Melquisedec, rey de Salem, que junto con el pan lo utilizó para bendecir a Abraham y al Señor (Génesis 14, 17-20). La Sagrada Escritura previene del mal uso del vino (ampliable al abuso del alcohol, Eclesiástico 31, 25-31). Más bien invita a emborracharse del Espíritu Santo: “No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu” (Efesios 5, 19).

 

Al primer vino de Noé no le dio tiempo a avinagrarse. Poco podría saber Noé del proceso de avinagramiento del vino y meno de la existencia de las bacterias acéticas.

 

Para que un vino sufra la enfermedad muy común de “picarse” o “avinagrarse” hacen falta tres cosas: la presencia de alcohol, oxígeno y bacterias acéticas. Estas bacterias son aeróbicas, se alimentan de oxígeno para sobrevivir. Son unos microorganismos aerobios denominados “acetobacter”. Estas bacterias realizan una oxidación del etanol deviniéndolo en ácido acético y acetato de etilo luego de una transformación química, con el oxígeno como protagonista. Entonces podríamos afirmar que alcohol + oxígeno + bacterias acéticas = ácido acético. Es lo que se llama popularmente el vino picado. Esto se da primero por el picado acético, donde el problema está recién iniciado y ubicado en las capas superficiales del líquido. Con el avinagramiento, la enfermedad se ha expandido por todo el volumen de vino existente.

 

Téngase en cuenta de que es un lento proceso y no siempre será tan evidente que el vino está enfermo. Y se notará en la vista: El líquido se nota turbio, carece de brillo, y se puede llegar a formar un fino velo en la superficie. Se notará también en el olfato: Se destacan notas de manzana podrida, nuez, pegamento, laca o quitaesmalte, a raíz del acetaldehído y del acetato de etilo: aromas inconfundibles a vinagre. Y se notará en el gusto: Resaltan el agrio y la aspereza. Por lo general el ácido natural del vino viene acompañado de sabores agradables, afrutados o florales. Sin esa compañía es un síntoma evidente de enfermedad. Para evitar esta desagradable situación hay que evitar la presencia de oxígeno en el vino.

 

(Sobre esto ver: Recuperado de: https://vinalium.com/es/saber-vino-esta-picado/ el 25 de mayo de 2020.

Y también: Recuperado de: Diego Di Giacomo. Sommelier - Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores. https://www.devinosyvides.com.ar/nota/493-por-que-se-pica-o-avinagra-el-vino el 25 de mayo de 2020).

 

¿Os suenan todas estas características en la vida espiritual? Las personas son como el vino. Si se produce el proceso de avinagramiento pierden el brillo en el rostro y los ojos, sus expresiones y palabras huelen mal, pierden su ser agradable. ¿Te ocurre o ha ocurrido algo de eso en tu vida? ¿Falta de brillo, de ilusión (es decir, esperanza), un estar amargados, la queja por todo, mal olor en las expresiones llenas de hipercrítica, acritud, aspereza en el trato? Pidamos el Espíritu Santo para que se cumpla en nosotros este texto: Efesios 4, 29-32.

 

Jesús, vuestro párroco

 

31 de mayo de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 71


“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (71)

La acción de conservar

 

Queridos hermanos:

El arca de Noé tiene alguna semejanza con una botella de vino. El arca tiene una claraboya, la botella de vino tiene su embocadura. Por ella entra el vino y debe ser tapado para que no entre oxígeno que lo avinagre. Y cuando se abra salga el mejor vino. Lo mismo en el arca. No debe entrar lo que favorezca la corrupción.

Un invento reciente ha sido la bomba de vacío para vino. No sé si os habrá pasado alguna vez esto. A mí me gusta el vino, pero bebo muy poco en las comidas o cenas y, a los pocos días, pues no he llegado a acabar la botella, se me echa a perder. Y eso hace que me dé cierta pereza y fastidio abrirla solamente para mí. Hasta que me regalaron una bomba de vacío para vino.

Esto permite abrir la botella, tomar la cantidad deseada y cerrar la botella al vacío para que el vino no pierda sus cualidades que se mantendrán durante mucho tiempo.

La bomba de vacío para vino es una herramienta para conservar el vino y evitar su corrupción gracias al aparato extractor y al tapón adecuado para ello, que hace clic cuando se ha extraído todo el aire de la botella.

Igual que la bomba de vacío, al extraer el oxígeno de la botella de vino, permite su conservación y evita su avinagramiento, así también el Espíritu Santo realiza en nosotros una acción semejante: “la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4,7). El Espíritu Santo, verdadera Paz de Dios, realiza esta función de custodia del corazón y de los pensamientos. Es el vigilante, custodio, protector, guardián de los pensamientos y deseos del corazón. El Espíritu Santo es quien hace que no “se pique” nuestra vida, es quien evita que aparezca el avinagramiento. Bastará conservar al que nos conserva, es decir, no contristar al Espíritu Santo que es quien sella la embocadura de nuestra vida para que no entre la corrupción: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final” (Efesios 4,30).

Igual que de vino, hemos de dejarnos llenar de Espíritu Santo (ver Hechos de los apóstoles 2, 1-11). Pidámoslo para que repueble la faz de la tierra de alegría y caridad (ver salmo 104 (103), 24-34). Bebamos ese Espíritu, que siendo uno solo, permite que Dios obre todo en todos para el bien común. (Ver 1 Corintios 12, 3b-7. 12-13).

Y si el pecado ha hecho nuestra vida ácida, con asperezas en el trato, llena de disgustos, amarguras, contrariedades, insatisfacciones, desánimos… es decir, se está “picando” como el vino y se va avinagrando, deja que el señor te perdone por medio del Sacramento del Perdón, pues esta fue la misión que dio Jesús a su Iglesia, a los apóstoles y sus sucesores, el consuelo del perdón: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Ver Juan 20, 19-23). El Espíritu santo, verdadero Perdón de Dios, puede eliminar el oxígeno que hemos dado al hombre viejo, para que muera, y devolvernos la juventud y limpia hermosura del alma.

Jesús, vuestro párroco

 

30 de mayo de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 70

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (70)

El ministerio de la consolación en el Sacramento del perdón

 

Queridos hermanos:

 

Noé, nuevo Adán, principio de una nueva humanidad salida de las aguas del Diluvio, lleva en su nombre la misión de aliviar y consolar: “Lamec tenía ciento ochenta y dos años cuando engendró a un hijo, a quien llamó Noé, pues dijo: «Este nos aliviará (consolará en la traducción de la Biblia de Jerusalén) de nuestro trabajo y del cansancio de nuestras manos”. Ya estaba en él en figura lo que sería la misión de Jesucristo y del Espíritu Santo y de la Iglesia: consolar.

 

Un sacramento donde se manifiesta este consuelo y la función intercesora de la Iglesia es el Sacramento de la Reconciliación. Sus efectos espirituales son así descritos en el Catecismo: “Los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la gracia; la reconciliación con la Iglesia; la remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales; la remisión, al menos en parte, de las penas temporales, consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual; el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1496).

 

Ahora yo te pregunto: ¿cómo se consuela a un enemigo? ¿Cómo se consuela a un malvado? Jesús así hizo en la cruz: consolar a los pecadores invitándolos al arrepentimiento con la certeza de que su sangre derramada (actualizada en la Alianza eucarística) era para el perdón de los pecados (ver Hechos de los apóstoles 2, 36-39).

 

Del Sacramento del Perdón puedes aprender a ver esto mismo: un pecador arrepentido que recibe el consuelo del perdón y la reconciliación con Dios y con los demás a través del ministerio de los sacerdotes ver (2 Corintios 5, 18-20). En el Sacramento de la Misericordia es Jesucristo el que sale a buscar a la oveja perdida hasta que la encuentra (cf. Lucas 15, 4-7), es la Iglesia la que busca cuidadosamente la dracma hasta que la encuentra (Lucas 15, 8-10), es el Padre el que espera al pecador y le ofrece el consuelo espiritual de un banquete de acogida (Lucas 15, 11-24).

 

Y el mismo Sacramento del perdón, a imitación del Señor que reina desde su cruz amando al enemigo, por la acción del Espíritu Santo, nos enseña a ser consuelo para los pecadores ofreciendo el perdón que recibimos del Señor, como dice la oración del Señor: “perdona… como nosotros perdonamos…”.

 

¡Qué luminosas son estas palabras del Catecismo!: “No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2843). A eso estamos llamados: a ofrecernos al Espíritu Santo y transformar la ofensa en intercesión, para que nuestro hermano, también el que nos ofendió, no esté solo.

 

Jesús, vuestro párroco

 

29 de mayo de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 69

  “¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (69)

La presencia de la paloma: el ministerio de la consolación

 

Queridos hermanos:

 

La aparición de la paloma en el arca, llevando ese ramo de olivo, fue un consuelo. Ante el horizonte de muerte (todo sumergido bajo las aguas) apareció una respuesta de vida. Y así la paloma se convirtió en un abogado o paráclito de esperanza.

 

Jesús, enviado por el Padre, es nuestro primer paráclito. El Espíritu Santo es nuestro “otro paráclito”. Dice el Catecismo de la Iglesia: “Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el "Paráclito", literalmente "aquél que es llamado junto a uno", "advocatus" (Juan 14, 16 y 26; 15, 26; 16, 7). "Paráclito" se traduce habitualmente por "Consolador", siendo Jesús el primer consolador (cf. 1 Juan 2, 1). El mismo Señor llama al Espíritu Santo "Espíritu de Verdad" (Juan 16, 13)” (nº 692).

 

El Espíritu Santo realiza en nosotros la Consolación. Si lo llamamos, cumple su misión de no dejarnos solos, de hacernos presente a Dios Padre y su amor a través del Hijo.

 

Este ministerio también está llamado a realizarlo la Iglesia. El modelo de la Iglesia es la Virgen María. De ella decimos en la Salve: “Ea, pues, Señor, Abogada nuestra”. Cada santo es abogado e intercesor. Cada uno de nosotros está llamado a ser abogado – paráclito de su hermano. No acusador o Satán. El Espíritu Santo hace a la iglesia a su imagen y semejanza. El amor derramado en nuestros corazones asemeja al amante y al amado. Esa semejanza que había quedado oscurecida por el pecado es devuelta con el don del Espíritu Santo. Lo que es y hace el Espíritu Santo también lo realiza la Iglesia que ha sido transformada en el amado.

 

Y por eso la Iglesia lleva a cabo el ministerio de la Consolación - “Consolad, consolad a mi pueblo” (ver Isaías 40, 1-11) -, a través del anuncio de la Buena Noticia, hablando o gritando, alzando fuerte la voz (40, 2-3 y 6-8), a través del pastoreo en la que la oveja se sabe acompañada (40, 11), a través del ejercicio de la Caridad.

 

Ven Espíritu Paráclito, reaviva nuestra esperanza y haz de nosotros imagen (Jesucristo) y semejanza (Espíritu Santo) de Dios Padre en el amor.

 

Jesús, vuestro párroco

 

28 de mayo de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 68

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (68)

Pidamos al Señor trabajadores de la fe

 

Queridos hermanos:

 

Pidamos que nuestro trabajo no sea infecundo. Que no sea estéril dentro y fuera del arca. Que nuestro trabajo no caiga en saco roto. Pues muchas veces nos ocurre como le pasaba a Santo Domingo de Guzmán. Se dice que la Beata Juana de Aza, su madre, le decía: “siembras mucho y riegas poco”. Se refería a que veía a su hijo trabajar hasta la extenuación, sin embargo con poco fruto. Y le invitaba a dedicarse más a la oración que es la que riega lo sembrado. Por eso Santo Domingo fundó monasterios de mujeres (las dominicas) que se dieran a la oración en los lugares donde los frailes se dedicaban al estudio y la contemplación para la misión de predicar.

 

Sin la oración, sin dedicar tiempo al Señor, nos pasa como dice el profeta Ageo: “Sembrasteis mucho y recogisteis poco; coméis y no os llenáis; bebéis y seguís con sed; os vestís y no entráis en calor; el trabajador guarda su salario en saco roto” (ver Ageo 1, 1-6).

 

También Jesús, ante la necesidad de la evangelización de las gentes puso en primer lugar la oración: “Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mateo 9,36-38).

 

Oremos con confianza en la Providencia. No nos afanemos como los gentiles: “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas” (ver Mateo 6, 28-34).

 

Esa mies es la humanidad por evangelizar que ha sido sembrada por la acción del Señor. Para la evangelización se puede utilizar la imagen del arado, en la que el terreno endurecido se rotura, esponja y oxigena; la de quitar las piedras, para que lo sembrado pueda hacer más raíz; la de quitar los abrojos y espinos; la de sembrar; la de segar. La siega es la acción por la que se recoge el grano para el granero del Señor. Es una acción de recoger el fruto de todo un trabajo. Es el acto de la consagración, de la ofrenda de lo trabajado, de recoger para el Señor.

 

El Señor nos contrata por la fe a trabajar en la viña, para que no se pierda ninguno. Y da igual que hayamos sido llamados antes o después. Nos dice: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido” (ver Mateo 20, 1-16). Y así, participemos de la alegría de que a los últimos y a los primeros se nos pagará con la misma paga: estar con Jesucristo, junto al Padre y al Espíritu Santo.

 

Jesús, vuestro párroco

 

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 67

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (67)

El trabajo de la fe

 

Queridos hermanos:

 

La fe, nos dice el catecismo, es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él. Para dar la respuesta de la fe a Dios que nos ama y se revela, hace falta la gracia de Dios, el auxilio interior del Espíritu Santo que se adelanta y nos ayuda, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede `a todos gusto en aceptar y creer la verdad' (ver Catecismo Iglesia Católica nº 153).

 

La fe es gracia. Ahora bien, la fe, nos dice el catecismo, también es un acto humano, en la que nuestra inteligencia y nuestra voluntad cooperan con la gracia de Dios (ver Catecismo Iglesia Católica nº 154). Sería un error pensar: “puesto que la fe es gracia, no tengo nada que hacer. Todo lo hace Dios.” Sí, pero Dios te da la gracia para que hagas lo que tienes que hacer, que es creer. Y ahí está el uso de nuestra libertad para secundar la gracia de la fe.

 

Jesús mismo invitará a trabajar la fe. Después de la multiplicación de panes y peces en una orilla del lago de Galilea, al día siguiente, en Cafarnaúm, tendrá lugar este diálogo:

 

“Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios». Ellos le preguntaron: «Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado». (Juan 6, 25-29).

 

El trabajo que Dios quiere es creer en Jesucristo. Es el trabajo en el que uno descubre que es el Señor el que ha hecho el trabajo (ver Romanos 4,1-8). El trabajo que Dios hace en nosotros es que nos ama, perdona, justifica, y confiere la dignidad de Hijos suyos. Como respuesta a este amor aparece, la alegría, el agradecimiento y el trabajo afanoso por el evangelio y por los demás.

 

La alegría y el agradecimiento son unos motores de trabajo impresionantes. Aunque tengas un solo talento, no lo entierres por la holgazanería al compararte, y ver que otros tienen más. Muéstrate más bien agraciado, agradecido y dichoso de que se te ha confiado el incremento de esa gracia con otra gracia que es trabajar por su aumento.

 

Fíjate en algunos miembros de la comunidad cristiana de Roma a los que alude San Pablo al final de su carta a los romanos. Fíjate en María, Urbano, Trifena y Trifosa y Pérside (ver Romanos 16,6-12).

Y es que Jesús nos dio ejemplo de esto cuando habló de que su alimento era trabajar en la voluntad del Padre y llevar a término su obra, aun con la fatiga de la siembra, pero con no menos alegría que la que tienen los que siegan que no se han cansado en la siembra (ver Juan 4, 31-38).

 

Jesús, vuestro párroco

 

26 de mayo de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 66

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (66)

Un modelo a imitar de trabajo en el arca

 

Queridos hermanos:

 

San Pablo se presentó, ante las diversas comunidades a las que anunció el Evangelio y celebró los sacramentos para derramar la gracia, como un ejemplo en el trabajo con las propias manos para no ser gravoso a nadie: “Recordad, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no ser gravosos a nadie, proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios” (1 Tesalonicenses 2, 9).  Y a su vez tratando a los hermanos en Cristo con “delicadeza…como una madre que cuida con cariño de sus hijos” (2,7), o como un padre que anima, exhorta o urge “a llevar una vida digna de Dios” (2, 12). Su trabajo entre los discípulos no procedía del error o de motivos turbios; no utilizaba la mentira como medio; no buscaba como fin contentar a los hombres, o buscar honor entre ellos, por medio de la adulación ni tenía como finalidad una codicia disimulada (2, 3-6). Ni en su origen, ni en sus medios o métodos ni en su finalidad (aun la más oculta), San Pablo trabajó apoyado en el Señor, con valentía para seguir anunciando el Evangelio a pesar de muchos sufrimientos, injurias y oposición (2, 1-3), con lealtad y rectitud (2, 10) hasta el punto de que en ese trabajo se estaba entregando su propia persona. Trabajó dándose a sí mismo (2, 8). (Ver 1 Tesalonicenses 2, 1-11).

 

Un ejemplo a imitar. San Pablo no dijo: “ya he trabajado bastante”, sino “he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.” (ver 1 Corintios 15, 9-10). ¿Quién se apunta a trabajar más que el otro para la gloria de Dios? ¿Quién quiere hacerlo además como último, como un loco, como un débil, encima un despreciado, abofeteado, insultado, perseguido, calumniado, tratado como un deshecho? (ver 1 Corintios 4, 9-13). ¿Quién se anima a trabajar como un servidor, como un co-laborador de Dios, es decir, alguien que recibe la gracia de Dios y se pone manos a la obra, sabiendo que el que es digno de estima es el Señor, pues nosotros nada somos?  (Ver 1 Corintios 3, 5-10).

 

Y es que San Pablo ha encontrado la felicidad en dar, en darse, con su trabajo diario. Y así lo explica: “De ninguno he codiciado dinero, oro ni ropa. Bien sabéis que estas manos han bastado para cubrir mis necesidades y las de los que están conmigo. Siempre os he enseñado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir”» (Hechos 20, 33-35).

 

Jesús, vuestro párroco

 

25 de mayo de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 65

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (65)

El trabajo por la paz en el arca

 

Queridos hermanos:

 

El trabajo realizado en el arca no era un trabajo servil. La tareas realizadas por Noé, Sem, Cam, Jafet o por sus esposas, en el mantenimiento y cuidado de los animales o de ellos mismos, era una colaboración con Dios. Realizaron tareas que sirvieron para el bien de ellos y de la creación entera. Gracias a su trabajo hoy contemplamos la maravilla de esta creación. Nosotros, como ellos, somos colaboradores de Dios con nuestro trabajo. “Cada trabajador, afirma San Ambrosio, es la mano de Cristo que continúa creando y haciendo el bien” (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia nº 265).

 

Jesús en el evangelio nos dejará una Bienaventuranza que habla del trabajo: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5, 9).

 

“En su predicación, Jesús enseña a apreciar el trabajo. Él mismo se hizo semejante a nosotros en todo, dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena al trabajo manual junto al banco del carpintero en el taller de José (…) Jesús condena el comportamiento del siervo perezoso, que esconde bajo tierra el talento (cf. Mt 25,14-30) y alaba al siervo fiel y prudente a quien el patrón encuentra realizando las tareas que se le han confiado (cf. Mt 24,46). Él describe su misma misión como un trabajar: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo» (Jn 5,17)” (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia nº 259).

 

Los judíos le acusaban de haber curado a un paralítico en el día del descanso, en el sábado. Entre otras cosas ¿en qué trabaja el Padre y en qué trabaja Jesús? Jesús mismo contará a los judíos que su trabajo es resucitar muertos y dar vida, igual que el Padre (ver Juan 5, 19-21).

 

“Durante su ministerio terreno, Jesús trabaja incansablemente, realizando obras poderosas para liberar al hombre de la enfermedad, del sufrimiento y de la muerte. (…) Liberar del mal, practicar la fraternidad y compartir, significa conferir al trabajo su significado más noble, es decir, lo que permite a la humanidad encaminarse hacia el Sábado eterno” (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia nº 261).

 

Igual te puedes plantear: trabajar ¿para qué? Trabajar para colaborar con Dios en la custodia de la creación. Trabajar para para el bien común. Trabajar por la paz en tu casa. Son buenos motivos. La ociosidad es una injusticia y conlleva muchas peleas con padres, hijos, hermanos o compañeros de trabajo. ¡A ver si encuentras más motivos para trabajar!

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5, 9).

 

Ociosidad – injusticia –guerras y discusiones interminables.

Trabajo-justicia y caridad-paz.

 

Pidamos la gracia del Espíritu Santo que nos mueva al trabajo, a los buenos frutos, al trabajo por la paz (Ver Santiago 3, 17-18)

 

Pidamos la gracia del Espíritu Santo que nos mueva al trabajo del amor fraterno, para ayudar a los demás y para no tener necesidad de ser ayudado, más bien de ayudar (ver 1 Tesalonicenses 4 9-12).

 

Jesús, vuestro párroco

 

24 de mayo de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 64

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (64)

Anclas de esperanza

 

Queridos hermanos:

 

Los que han seguido desde el principio las migajas recordarán la utilización de una imagen para hablar de la esperanza. Fue en la migaja nº 9. Entonces decíamos: “El arca de Noé tenía un ancla. Esa ancla era la esperanza. Seguramente Noé tendría momentos de desánimo, de pérdida de esperanza. Tantos días en el arca que parecían no tener fin. Pero fue la gracia del Espíritu Santo la que le mantuvo firme en la fe. Pidámoslo. La esperanza no defrauda.”

 

En tiempos de crisis se hace especialmente necesaria una espiritualidad de la esperanza que haga de nosotros, junto con Cristo, anclas de esperanza.

 

 Decía el Papa Benedicto: “La esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, "en ella tenemos como una ancla de nuestra alma" (Hb 6, 19), una ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido. ¿Y qué es lo que más necesita el hombre de todos los tiempos, sino esto: una sólida ancla para su vida?”. (Benedicto XVI. Regina Caeli. Domingo de la Ascensión del Señor, 4 de mayo de 2008).

 

Un ancla es lo que da seguridad a un barco. Con ganchos metálicos para aferrarse a las rocas evita que el barco vaya a la deriva o naufrague. No se ve. Pero hará que el barco aguante las embestidas de las olas y los vientos.

 

Cristo ha subido al cielo ante la mirada de los discípulos (ver Hechos de los apóstoles 1, 1-11). Ha ascendido victorioso sobre el diablo, sobre el pecado, sobre la muerte (ver salmo 47(46), 2-9). Con su ascensión ha introducido la humanidad en el cielo, en la Casa del Padre, ofreciéndonos una esperanza, una herencia y un poder grande y extraordinario (ver Efesios 1, 17-23). Es la certeza de la victoria. Es como un ancla del barco de la humanidad colocada en el cielo.

 

El catecismo dice que “dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre". (nº 661). La certeza de llegar a puerto se disuelve. Pero Cristo es nuestra esperanza, nuestra ancla.

La tarea del cristiano es hacer presente la vida del cielo en la tierra, aportando en cada gesto y en cada palabra la certeza y seguridad del amor de Dios y el destino al que somos llamados. La ascensión de Cristo revela la grandeza y la dignidad de cada hombre.

 

La Iglesia tiene la misión de hacer presente la espiritualidad de la ascensión, espiritualidad de esperanza, certeza de llegada a la Casa del Padre, en nuestra travesía por las tempestades de este mundo. Es lo que indica el “Id” de Jesús en el Evangelio (ver Mateo 28,16-20).

 

Jesús, vuestro párroco