23 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 122.


“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (122)

Reprobado, como en tiempos de Noé

Primera carta de San Pedro (1)

Queridos hermanos:

Estamos como en los tiempos de Noé. Pero con la ventaja de saber lo que ocurrió en los tiempos de Noé. Noé fue heraldo de la justicia y fue rechazado. Y vino el Diluvio. Los tiempos de Jesús fueron como los tiempos de Noé. Jesús anunció la Buena Noticia y fue reprobado, rechazado como cacharro inútil. Oigamos a Jesús en el Evangelio de San Lucas: “así será el Hijo del hombre en su día. Pero primero es necesario que padezca mucho y sea reprobado por esta generación. Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos.” (Lucas 17, 25-27).

Todas las migajas, todas las meditaciones sobre Noé conducen a una invitación que hace San Pedro en su primera y segunda carta con las que concluiremos las migajas.

Seas Sem o seas Cam, si llamas Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo (ver 1 Pedro 1, 17-19).

Al acoger la Buena Noticia, -la Palabra de Dios viva y permanente-, has sido purificado, has sido regenerado, has nacido de nuevo por medio de un germen incorruptible (1 Pedro 1, 22-25); por medio de la Palabra de Dios has nacido para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros (ver 1 Pedro 1,3-4). Esa nueva creación nos lleva a participar en el mismo ser de Dios que es la santidad. Por eso “lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo (ver 1, 15-16). Y nos lleva también a amar, a la caridad: “Ya que habéis purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad hasta amaros unos a otros como hermanos, amaos de corazón unos a otros con una entrega total” (1, 22).

San Pedro también nos invita a rechazar lo que haga peligrar esta nueva vida engendrada: “apartaos de toda maldad, de toda falsedad, hipocresía y envidia y de toda maledicencia” (2,1).

Seas Cam o seas Sem, al acercarte a Jesucristo, Piedra viva, has entrado, como piedra viva, en la construcción de un Santuario, para ejercer un sacerdocio santo, ofreciendo todo lo que vives unido a Jesucristo (cf. 1 Pedro 2,4-5). Se ha cumplido en ti lo que se dijo en la Alianza del Sinaí y que solamente escuchó Sem: Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa (1 Pedro 2,9). A ti Sem te ha sacado de las tinieblas de la soberbia y la falta de misericordia; y a ti Cam te ha sacado de las tinieblas del desorden moral en la sexualidad, la violencia, la injusticia. Y a ambos, como hermanos, os ha adquirido como pueblo compadecido para anunciar las alabanzas del Señor (cf. 1 Pedro 2, 4-10).

Sem, Cam, mostrad la belleza de estar unidos a Jesucristo por la comunión de sentimientos, la compasión, el quererse como hermanos, la misericordia, la humildad, la bendición (ver 1 Pedro 3, 8-9).

Jesús, vuestro párroco

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 121.



“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (121)

La globalización de la indiferencia 2


Queridos hermanos: 

 Jesucristo ha venido para arrancarnos de la indiferencia. Por eso nos invita a velar y orar. A estar despiertos ver (Marcos 13, 33-37). 

Dice el Papa Francisco: 

Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera. (Ver Evangelii Gaudium nº 54) 

 La indiferencia ante el prójimo asume diferentes formas. Hay quien está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve programas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión. Esta es la actitud de quien sabe, pero tiene la mirada, la mente y la acción dirigida hacia sí mismo. Desgraciadamente, debemos constatar que el aumento de las informaciones, propias de nuestro tiempo, no significa de por sí un aumento de atención a los problemas, si no va acompañado por una apertura de las conciencias en sentido solidario. Más aún, esto puede comportar una cierta saturación que anestesia y, en cierta medida, relativiza la gravedad de los problemas. 

La indiferencia se manifiesta en otros casos como falta de atención ante la realidad circunstante, especialmente la más lejana. Algunas personas prefieren no buscar, no informarse y viven su bienestar y su comodidad indiferentes al grito de dolor de la humanidad que sufre. Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en incapaces de sentir compasión por los otros, por sus dramas; no nos interesa preocuparnos de ellos, como si aquello que les acontece fuera una responsabilidad que nos es ajena, que no nos compete. «Cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien». (Francisco. Vence la indiferencia y conquista la paz. Mensaje de la XLIX Jornada Mundial de la Paz. 1 de enero de 2016). 

Y puede pasarnos como el rico que fue indiferente ante el pobre Lázaro tendido en la puerta de su casa (ver Lucas 16,19-31). 

Jesús, vuestro párroco

20 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 120.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (120)


La globalización de la indiferencia 1

 

Queridos hermanos: 

 

La indiferencia es el termómetro de la salud interior de una persona o de una sociedad. La sociedad de la generación del Diluvio estaba tan centrada en sí misma que vivía de espaldas a Dios. La indiferencia puede ser referida a las relaciones con Dios a las relaciones con los demás y a las relaciones con los pobres y a las relaciones con lo creado.

 

Dice el papa Francisco: “La primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso humanismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista y nihilista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de él. Por consiguiente, cree que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo, y pretende tener sólo derechos.

 

La actitud del indiferente, de quien cierra el corazón para no tomar en consideración a los otros, de quien cierra los ojos para no ver aquello que lo circunda o se evade para no ser tocado por los problemas de los demás, caracteriza una tipología humana bastante difundida y presente en cada época de la historia. Pero en nuestros días, esta tipología ha superado decididamente el ámbito individual para asumir una dimensión global y producir el fenómeno de la «globalización de la indiferencia». (Francisco. Vence la indiferencia y conquista la paz. Mensaje de la XLIX Jornada Mundial de la Paz. 1 de enero de 2016, nº 3).

 

Contra esta autocomprensión errónea de la persona, Benedicto XVI recordaba que ni el hombre ni su desarrollo son capaces de darse su significado último por sí mismo.” (Francisco. Vence la indiferencia y conquista la paz. Mensaje de la XLIX Jornada Mundial de la Paz. 1 de enero de 2016, nº 3).

 

Jesucristo ha venido para arrancarnos de la indiferencia, para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino que vivan para Cristo que es la Vida abundante. Por eso es tan importante el anuncio del Evangelio: “Porque nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.” (Ver 2 Corintios 5, 14-15).

 

Jesús, vuestro párroco


Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 119.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (119)


Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé 

 

Queridos hermanos: 

 

Jesús utilizó en su catequesis sobre los últimos tiempos la expresión “cuando venga el hijo del hombre pasará como en tiempo de Noé…” (cf. Mateo 24,37).

 

Te invito a leer el texto completo: 

 

“Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre” (Mateo 24, 37-44).


En este texto Jesús habla de la generación del Diluvio con esta expresión “En los días antes del diluvio, la gente…”. Y añade las acciones que realizaban de forma corriente y habitual: comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo”.

 

Las acciones de las que habla Jesús no son malas en sí mismas. Ninguna de ellas: comer no es malo, beber tampoco, casarse tampoco. 


Entonces ¿dónde está su malicia, perversión e injusticia? 


En estar atentos a sí mismos y no a su Creador. En no percatarse de lo que viene encima a todos los habitantes de la tierra, y que había sido anunciado por Noé a sus contemporáneos. En vivir en lo que el Papa Francisco ha llamado “la globalización de la indiferencia.

 

Puede que estemos en este mundo pensando…: “una vez pase esta situación haré tal viaje, tal fiesta, un buen banquete, una buena borrachera…” Podemos pensar…: “hemos pasado ya el diluvio de la pandemia…” 


Pensamos así con necedad. Pues es fácil estar anestesiados, adormecidos sin entrar en diálogo con el Señor para caer en la cuenta que “la noche está avanzada, el día está cerca”: “Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no deis pábulo a la carne siguiendo sus deseos” (Romanos 13, 11-14).

 

Jesús, vuestro párroco

 

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 118.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (118)


La generación del Diluvio 5: 

Dejó de invocar el nombre de Dios 

 

Queridos hermanos: 

 

El Abad Evagrio fue a buscar al El Abad Macario atormentado por los pensamientos y las pasiones del cuerpo y le dijo: «Padre mío, dime una palabra y viviré». Macario respondió: «Amarra la cuerda del ancla a la piedra y, por la gracia de Dios, la barca atravesará las olas diabólicas de este mar de decepciones y el torbellino de tinieblas de este mundo vano». Evagrio pregunto: «¿Cuál es la barca, cuál es la cuerda, cuál es la piedra?». El Abad Macario dijo entonces: «La barca es tu corazón, guárdale. La cuerda es tu espíritu, átalo a nuestro Señor Jesucristo que es la piedra que tiene poder sobre todas las olas diabólicas que combaten los santos ya que no es fácil decir a cada respiración: 'Señor Jesucristo ten piedad de mí; yo te bendigo mi Señor Jesús, socórreme'. El pez que lucha contra las olas será apresado sin saberlo, mientras que, permaneciendo firmes en el nombre salvador de nuestro Señor Jesucristo, él tomará al diablo por la nariz a causa de lo que nos ha hecho. Mas nosotros, los débiles, sabremos que el auxilio provino de nuestro Señor». (La Filocalía. El ciclo copto de Macario el Grande).

 

La generación de Noé se soltó de la Roca que es Cristo. Dejó de invocar el nombre del Señor. Nosotros, en cambio, invoquemos el Nombre del señor, pues “todo el que invoque el nombre del Señor se salvará” (Romanos 10,13).

 

Hermanos, “ensalcemos juntos su nombre” (Salmo 34 (33), 4). Una invocación muy sencilla es esta: "Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ¡Ten piedad de nosotros, pecadores!" Conjuga el himno de Filipenses 2, 6-11 con la petición del publicano y del mendigo ciego (cf Lucas 18,13; Marcos 10, 46-52). 

 

Mediante ella, el corazón está acorde con la miseria de los hombres y con la misericordia de su Salvador. (cf. Catecismo de la Iglesia Católica nº 2667).

 

“La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en "palabrerías" (Mateo 6, 7), sino que "conserva la Palabra y fructifica con perseverancia" (cf Lucas 8, 15). Es posible "en todo tiempo" porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús.” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2668).

 

Jesús, vuestro párroco

 


16 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 117.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (117)


La generación del Diluvio 4. 

La soberbia 

 

Queridos hermanos: 

 

Los hombres de la generación de Noé eran llamados hijos de Dios, gigantes (nefilim), héroes, hombres valientes, varones renombrados (gibborim). Y por eso mismo engreídos, separados de Dios, autosuficientes.

Una de las causas de la soberbia es no necesitar de Dios. Eso es la soberbia.

 

En el Génesis se dice que el primero en invocar el nombre de Yahveh tras el pecado fue el nieto de Adán, Enós: “Adán conoció otra vez a su mujer, que dio a luz un hijo y lo llamó Set, pues dijo: «Dios me ha dado otro descendiente en lugar de Abel, asesinado por Caín». A Set le nació también un hijo, que se llamó Enós. Éste fue el primero en invocar el nombre del Señor” (Génesis 4, 25-26).

 

El soberbio cree poseer por sí mismo los dones que ha recibido, presume de no necesitar a Dios ni a nadie, se basta a sí mismo, se apoya en sus fuerzas, como dice el salmo: «Mirad al valiente que no puso en Dios su apoyo, confió en sus muchas riquezas, se insolentó en sus crímenes» (cf Salmo 52 (51, 9).

 

El humilde, en cambio, no se apoya en sus fuerzas, sino que invoca el nombre de Dios. Y a nosotros se nos ha dado un nombre que invocar, “un Nombre que todo lo contiene”, “que contiene la presencia que significa”: "Jesús", "YHVH salva" (cf Mt 1, 21). Decir "Jesús" es invocarlo desde nuestro propio corazón. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él (cf Romanos 10, 13; Hechos de los apóstoles 2, 21; 3, 15-16; Gálatas 2, 20). (cf. Catecismo de la Iglesia Católica nº 2666).

 

Una de las causas de la degeneración de la generación de Noé fue la falta de oración, la falta de invocar el nombre del Señor.

 

Jesús, vuestro párroco


 

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 116.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (116)


La generación del Diluvio 3. 

La violencia. La persecución del justo

 

Queridos hermanos: 

 

La tercera expresión de esta mala inclinación de la generación de Noé fue la aparición de la violencia: “la tierra se llenó de violencia” (Génesis 6, 11 y 13). Es verdad que el texto del Génesis no desarrolla con detalle estos actos desordenados, injustos, violentos. Serán los maestros rabinos los que van desarrollando todo esto. Así, la injusticia, fruto del no andar con Dios, ha llevado siempre a la persecución del justo: Caín persiguió a Abel, Nimrod persiguió a Abraham, los filisteos a Isaac (Ver Génesis 26,12-25).

 

Noé fue perseguido por sus contemporáneos. Según los rabinos, la generación de Noé ha pasado a la historia como modelo de perversión, injusticia, impiedad, merecedoras de un castigo ejemplar.

 

Los perseguidores del justo siempre encontraron su castigo: La generación de Noé, el Diluvio. La generación de Nemrod, prepotente, constructor de la Torre de Babel, que promovió la idolatría y la rebelión contra Dios, fue dispersada en confusión de lenguas.

 

También la generación de los egipcios que persiguieron a los israelitas y perecieron tantos los primogénitos en la 10ª plaga, como los que no lo eran en las aguas del Mar Rojo.

 

En cada generación se cumple lo que dice el texto: Sabiduría 2, 1 y 12-22.

 

Y Jesús mismo expresará esto en la bienaventuranza: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos… de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.” (Ver Mateo 5, 10-12).

 

Entonces ¿por qué no destruye cada generación como hizo con la de Noé?

 

Noé, Israel, los justos de cada generación, son como un lirio entre espinas (Cantar de los Cantares 2,2). Cuenta los rabinos la parábola de un rey que tenía un huerto con distintos frutales y que lo confió a un arrendatario. Tras un tiempo fue a verlo y lo halló lleno de «espinas y guijarros», de manera que decidió arrasarlo. Pero, al encontrar en él una rosa y olerla, se calmó y salvó todo el huerto. Así se explica por qué Dios quiso preservar el mundo de la destrucción gracias a Jesucristo, gracias también a la Virgen María, que es como esa rosa en el huerto del rey.

 

(Cf. Lorena Miralles Maciá. La generación del diluvio según la descripción del Midrás Levítico Rabbá. Sefarad. Vol. 67:2, julio-diciembre 2007).

 

Jesús, vuestro párroco

 

14 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 115.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (115)

La generación del Diluvio 2. La injusticia.

 

Queridos hermanos: 

 

La generación del Diluvio desapareció bajo las aguas. “Era mucha la malicia del hombre en la tierra”, “toda la traza de los pensamientos de su corazón era de continuo solo mal” (Génesis 6,5).

 

La segunda expresión de esta mala inclinación fue que aparecen como injustos, como personas que no andan con Dios, que lo han abandonado. Noé, en cambio aparece ante el mundo como justo (7,1), perfecto, que camina en compañía de Dios (6,5). 

 

Detrás de todo esto está la actitud arrogante ante Dios: el menosprecio de Dios (ver Job 21, 9-15). La iniquidad ocupó el lugar del juicio y la justicia a la que se sumó el desprecio de Dios, principio de justicia. (Cf. Lorena Miralles Maciá. La generación del diluvio según la descripción del Midrás Levítico Rabbá. Sefarad. Vol. 67:2, julio-diciembre 2007).

 

Es interesante leer los primeros tres capítulos de la carta de san Pablo a los Romanos a la luz de esa generación injusta. San Pablo describe perfectamente a los injustos de su generación: “llenos de toda clase de injusticia, maldad, codicia, malignidad; henchidos de envidias, de homicidios, discordias, fraudes, perversiones; difamadores, calumniadores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, crueles, despiadados” (Puedes leer Romanos 1, 18-32 y ver el parecido con la generación de Noé y con nuestra generación).

 

Una expresión fuerte que utiliza San Pablo es ésta: “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que tienen la verdad prisionera de la injusticia.” (Romanos 1,18). Lo que dice San Pablo es verdad. Pero, ¡atención!: El planteamiento de San Pablo y el de la Iglesia no es el de juzgar o condenar a los que así viven. En ese caso nos pasaría como dice San Pablo: “al juzgar a otro, a ti mismo te condenas” (Romanos 2,1). Unos son condenados por su injusticia (ver el texto ya citado de Romanos 1, 18-32) y otros por juzgar a los que cometen tales actos de injusticia (leer Romanos 2, 1-10 y 17-24).

 

Por eso es tan importante el anuncio del Evangelio, que hace justos a los gentiles y también a los judíos que juzgan. Por la fe en el Evangelio proclamado se justifica a los que cometen injusticias y a los que juzgan a los que tales cosas cometen (ver Romanos 1, 16-17). 

 

Dios es fiel. Si los que deberían obrar con misericordia no lo hicieron ¿Dejará por eso de ser Dios fiel y misericordioso? Tanto judíos como griegos, todos están bajo el pecado (Romanos 3,9). “Pero ahora, sin la ley se ha manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas; justicia de Dios por la fe en Jesucristo para todos los que creen. Pues no hay distinción, ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.” (Romanos 3,21-23)

 

Se nos invita a la conversión, a salir de la injusticia, o de la propia justicia, a no condenar para no ser condenados (ver Lucas 6,37), pues Jesús no ha venido a condenar al mundo, sino para salvar al mundo (ver Juan 12, 44-50).

 

Jesús, vuestro párroco

 

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 114.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (114)

La generación del Diluvio 1 

 

Queridos hermanos: 

 

Las siguientes migajas son un poco fuertes. No pretenden meter miedo. Más bien suscitar la esperanza de la conversión y la vida de piedad, pues el Señor “no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión.” (2 Pedro 3,9). Al final veremos que tanto la primera como la segunda carta de San Pedro, que es muy dura, tiene de fondo, entre otras cosas, a la generación del diluvio.

 

La generación del Diluvio desapareció bajo las aguas. Los coetáneos de Noé perecieron en el Diluvio. ¿Cómo era esa generación? ¿Qué pecados cometieron que merecieran ser suprimidos de la faz de la tierra? (Ver Génesis 6,1-7).

 

Esa generación es descrita con cualidades extraordinarias: son llamados hijos de Dios, gigantes (nefilim), héroes, hombres valientes, varones renombrados (gibborim).

 

Pero al mismo tiempo aparece en su corazón la inclinación al mal: “era mucha la malicia del hombre en la tierra”, “toda la traza de los pensamientos de su corazón era de continuo solo mal” (Génesis 6,5).

Esta mala inclinación encuentra tres grandes expresiones. Veamos la primera.

 

En primer lugar, dejarse llevar por sus deseos sexuales hacia las hijas de los hombres “procurándose esposas de entre todas las que les placieron”. Es decir, dan preferencia a la concupiscencia de la carne (cf. Gálatas 5, 19-21). Dicen los rabinos que esos pecados hacen referencia al abuso de las mujeres y al exceso en el alcohol. Siendo reyes, con cualidades tan extraordinarias, se empaparon de alcohol e indecencia (ver Proverbios 31,3-4 y Levítico 10,9). También la sodomía, la prostitución, la zoofilia (es decir, las relaciones entre hombre y animales, cf. Levítico 18,1-3 y 23). (Ver Levítico 18, 24-30).

 

Según los rabinos, la generación de antes del Diluvio tenía la costumbre de tener dos esposas. Una para procrear y otra para divertirse. A la primera se la tenía como una viuda, (es decir, no tenían relaciones con ella para no tener hijos), a la segunda como una prostituta, a la que se daba una bebida para que quedara estéril.

 

Esto aparece también reflejado en los contemporáneos de Lot y Abraham, en Sodoma y Gomorra, que fueron abrasados por el fuego (Ver Génesis 18-19). En Lucas 17, 23-29 se relacionan precisamente estas dos generaciones que fueron destruidas, una por el agua y otra por el fuego.

 

(Cf. Lorena Miralles Maciá. La generación del diluvio según la descripción del Midrás Levítico Rabbá. Sefarad. Vol. 67:2, julio-diciembre 2007).

 

Jesús, vuestro párroco