1 de agosto de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja y 132.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (y 132)

Cuando Noé dijo: ¡“Oh”!

Queridos hermanos:

Y llegó el momento de la Alianza. ¡Qué sorpresa!

“Dios dijo a Noé y a sus hijos: «Yo establezco mi alianza con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañan, aves, ganados y fieras, con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Establezco, pues, mi alianza con vosotros: el diluvio no volverá a destruir criatura alguna ni habrá otro diluvio que devaste la tierra».

Y Dios añadió: «Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco y recordaré mi alianza con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir a los vivientes. Aparecerá el arco en las nubes, y al verlo recordaré la alianza perpetua entre Dios y todos los seres vivientes, todas las criaturas que existen sobre la tierra». Aún dijo Dios a Noé: «Esta es la señal de la alianza que establezco con toda criatura que existe en la tierra». (Génesis 9, 8-17).

Cuando Noé contempló el arco iris dijo: ¡“Oh”!

Te dejo con esta pequeña poesía con la que me despido de las migajas que durante estos cuatro meses y pico te he ido acompañando. Un abrazo bien fuerte.

Es una poesía inspirada en este canto de Giuseppe Povia.

https://youtu.be/eYeV94UcUKE.

 

Cuando Noé dijo: ¡“Oh”!

¡Qué maravilla!, un arco brilla.

Cuando Noé dijo: ¡“Oh”!

Un arco iris de gran belleza.

 

Cuando Noé dijo: ¡“Oh”!

Muchos colores, bien conjuntados.

Cuando Noé dijo: ¡“Oh”!

Limpios sus ojos a Dios contempla.

 

Cuando Noé dijo: ¡“Oh”!

Un arco tenso, entre las nubes.

Cuando Noé dijo: ¡“Oh”!

Flechas dispara de Su presencia.

 

Cuando Noé dijo: ¡“Oh”!

Perpetua alianza, llena de asombro.

Cuando Noé dijo: ¡“Oh”!

Una esperanza de vida nueva.

 

Cuando su esposa dijo: ¡“Oh”!

¡Cuánta belleza tras la tormenta!

Cuando Jafet dijo: ¡“Oh”!

¡Cuánta hermosura es contemplada!

 

Cuando Cam diga: ¡“Oh”!

Será el retorno de los perdidos.

Cuando Sem diga: ¡“Oh”!

Será el asombro de los benditos (Mt 25,37).

 

Quizá tú has perdido el ¡“Oh”!

Hazte pequeño como los niños.

Quizá tú has perdido el ¡“Oh”!

Nace del agua y del Espíritu.

 

Quizá tú estás en el ¡”bah”!

Mira contento, emocionado.

Quizá tú estás en el ¡”bah”!

Vuelve tu rostro al Resucitado.

 

Que no nos roben este ¡“Oh”!

Ni los impuros ni los ladrones.

Que no nos roben este ¡“Oh”!

Ni los soberbios ni los burlones.

 

El arco iris  es un ¡“Oh”!

Siete colores de gran pureza.

El arco iris  es LUZ BLANCA.

No la soporta ni la lujuria ni la impureza.

 

Cada Alianza trae un ¡“Oh”!

No tengo miedo, Él me protege.

Cada Alianza trae un ¡“Oh”!

Entre los niños y los humildes.

 

Cada Alianza trae un ¡“Oh”!

Unge tu rostro con el aceite.

Cada Alianza trae un ¡“Oh”!

De aquél Olivo de la Paloma.

 

La Eucaristía es nuestro ¡“Oh”!

 

Jesús, vuestro párroco

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 131.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (131)

El salir del arca


Queridos hermanos:

Cuando Dios mandó salir a Noé y su familia y a los animales del arca se produjo una grandísima alegría. Salir del confinamiento, salir de la estrechez: “Entonces dijo Dios a Noé: «Sal del arca con tu mujer, tus hijos y tus nueras. Haz salir también todos los animales que están contigo, todas las criaturas: aves, ganados y reptiles; que se muevan por la tierra, sean fecundos y se multipliquen en ella». Salió, pues, Noé con sus hijos, su mujer y sus nueras. También salieron del arca, por familias, todos los animales, todos los ganados, todas las aves y todos los reptiles que se mueven sobre la tierra” (Génesis 8, 15-19). No salieron antes. Salieron cuando el Señor se lo mandó.

Noé experimentó algo similar a cuando estaba Israel en la esclavitud en Babilonia y se proclamó el retorno de los exiliados: “nos parecía soñar”. “Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos». El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. Recoge, Señor, a nuestros cautivos como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares. Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas” (Salmo 126 (125), 1-6). Salieron con júbilo.

Nuestra vida también puede ser un vivir en el arca con estrechez, (una mala noche en una mala posada, decía Santa Teresa de Jesús respecto a esta vida); y deseamos que el Señor nos haga salir, de esta morada-arca terrena para entrar en la morada-arca eterna: “Porque sabemos que si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos. Y, de hecho, en esta situación suspiramos anhelando ser revestidos de la morada que viene del cielo, si es que nos encuentran vestidos y no desnudos. Pues los que vivimos en esta tienda suspiramos abrumados, por cuanto no queremos ser desvestidos sino sobrevestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida; y el que nos ha preparado para esto es Dios, el cual nos ha dado como garantía el Espíritu” (2 Corintios 5,1-5).

Pidamos, pues, estar llenos de buen ánimo agradando a Dios, mientras vivamos en esta arca terrena y estemos dispuestos para salir con júbilo y vivir junto al Señor para siempre: “Así pues, siempre llenos de buen ánimo y sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor, caminamos en fe y no en visión. Pero estamos de buen ánimo y preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo. Porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien o el mal” (2 Corintios 5,6-10).

Jesús, vuestro párroco

29 de julio de 2020

Reflexiones sobre la Palabra. Migaja 130.

“¡Ánimo! Que soy yo; no temáis” (130)


Descripción de los impíos y cómo debe ser nuestra conducta

Segunda carta de San Pedro (4)

 

Queridos hermanos:

San Pedro realiza a continuación una descripción detalladísima de los impíos que se mantienen en su impiedad (ver 2 Pedro 2, 16-22).

El atrevimiento y la arrogancia de los impíos es tal que realizan lo que los ángeles, que son superiores en fuerza y en poder, no realizan (2 Pedro 2, 10-11). Para los impíos “la felicidad consiste en el placer de cada día” (2 Pedro 2,13). Se parecen a Balaam, el profeta que quería maldecir al pueblo de Israel y el Señor no le dejó (ver Números 22,2ss). A éste Balaam una muda corrigió (2 Pedro 2, 15-16).

La impiedad a la que se refiere San Pedro no es la de los impíos que no han conocido el camino de la justicia. En realidad son aquellos que habían recibido las enseñanzas de los apóstoles, que había dejado el mundo y se habían adentrado en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2,20). Y tras ello se habían apartado del camino recto (2,15), del mandamiento santo que se les había transmitido (2, 21), volviendo a ser dominados por los abusos del mundo (2, 20) y se habían convertido en seductores de los que hacía poco había dejado el error. Les inducen a “deseos carnales libertinos” (2, 18). Aparentemente libres, son realmente esclavos de la corrupción (2,19), corruptos, viciosos, en engaño, adúlteros, codiciosos (2,13-14). Su destino “la oscuridad de las tinieblas” (2, 17).

Ante esta situación, por un lado la gentilidad, por otro, aquellos que habiendo entrado se han salido; y además de salirse seducen a las almas débiles que llevan poco tiempo, San pedro nos anima a tener un sano criterio para recordar: “Esta es ya, queridos míos, la segunda carta que os escribo. Con ellas quiero suscitar en vosotros, a base de recuerdos, un sano criterio para recordar los mensajes emitidos por los santos profetas y el mandamiento del Señor y Salvador transmitido por los apóstoles” (3,1-2).

Además están los burlones: “en los últimos días vendrán burlones con todo tipo de burlas, que actuarán conforme a sus propias pretensiones y dirán: «¿En qué queda la promesa de su venida? Pues desde que los padres murieron todo sigue igual, como desde el principio de la creación». (2 Pedro 3,3-4). Estos burlones no saben lo que ocurrió en tiempos de Noé cuando se burlaban de él. Y perecieron todos: “Porque intencionadamente se les escapa que desde antiguo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y establecida en medio del agua gracias a la palabra de Dios; por eso el mundo de entonces pereció anegado por el agua.” (2 Pedro 3, 5-6).

A ti y a mí, hermano, ya no se nos escapa lo que ocurrió entonces con el agua. Todas estas migajas nos han ayudado a recordarlo. Entonces fue el agua. Ahora será por el fuego, dice San Pedro: “Pero ahora los cielos y la tierra custodiados por esa misma palabra están reservados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos” (2 Pedro 3, 7); “Ese día los cielos se disolverán incendiados y los elementos se derretirán abrasados” (3,12). ¿Y por qué no llega ya, como dicen los burlones? ¿En qué queda la promesa de su venida? Por su paciencia llena de amor: “Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión. Pero el Día del Señor llegará como un ladrón. Entonces los cielos desaparecerán estrepitosamente, los elementos se disolverán abrasados y la tierra con cuantas obras hay en ella quedará al descubierto” (2 Pedro 3, 8-10).

La paciencia de Dios está a nuestro favor: “la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación” (2 Pedro 3, 15). ¿Cómo debe ser, pues, nuestra conducta? “Santa y piadosa” (3,11) esperando y apresurando la llegada del Señor, esperando unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia (3,13), estando en paz con él, intachables e irreprochables (3,14), prevenidos y “en guardia para que no os arrastre el error de esa gente sin principios ni decaiga vuestra firmeza” (3,17). Y esa espera, no de brazos cruzados, sino creciendo “en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día eterno. Amén” (3,18).

 

Jesús, vuestro párroco