4 de junio de 2011

Domingo 5 de Junio–Ascensión del Señor

HOJA
PARROQUIAL
Parroquia de Sant Francesc de Borja
Email de la parroquia: sfb500@gmail.com

Domingo 5 de Junio de 2011.
ANCLAS DE ESPERANZA
     Queridos hermanos:
En tiempos de crisis se hace especialmente necesaria una espiritualidad de la esperanza que haga de nosotros, junto con Cristo, anclas de esperanza.
Decía el Papa Benedicto: “La esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, "en ella tenemos como una ancla de nuestra alma" (Hb 6, 19), una ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido. ¿Y qué es lo que más necesita el hombre de todos los tiempos, sino esto: una sólida ancla para su vida?”. (Benedicto XVI. 4-5-2008).
Una ancla es lo que da seguridad a un barco. Con ganchos metálicos para aferrarse a las rocas evita que el barco vaya a la deriva o naufrague. No se ve. Pero hará que el barco aguante las embestidas de la olas y los vientos.
Cristo, con su ascensión, ha introducido la humanidad en el cielo, en la Casa del Padre. Es la certeza de la victoria. Es como una ancla del barco de la humanidad colocada en el cielo.
El catecismo dice que “Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre". (nº 661). La certeza de llegar a puerto se disuelve. Pero Cristo es nuestra esperanza, nuestra ancla.
La tarea del cristiano es hacer presente la vida del cielo en la tierra, aportando en cada gesto y en cada palabra la certeza y seguridad del amor de Dios y el destino al que somos llamados. La ascensión de Cristo revela la grandeza y la dignidad de cada hombre: “Cristo sube al cielo con la humanidad que asumió y que resucitó de entre los muertos: esa humanidad es la nuestra, transfigurada, divinizada, hecha eterna. Por tanto, la Ascensión revela la "grandeza de la vocación" (Gaudium et spes, 22) de toda persona humana, llamada a la vida eterna en el  reino de Dios, reino de amor, de luz y de paz. (Benedicto XVI. 21-5-2006).
La Iglesia tiene la misión de hacer presente la espiritualidad de la ascensión, espiritualidad de esperanza, certeza de llegada a la Casa del Padre, en nuestra travesía por las tempestades de este mundo.
Jesús, vuestro párroco

Conclusión del santo evangelio según san Mateo 28, 16‑20
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
‑ «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»
Palabra del Señor.
ESPIRITUALIDAD CRISTIANA DE LA ASCENSIÓN.
La Ascensión es la “vuelta al Padre”, donde Jesús, “sentado a su derecha”, comienza una existencia nueva en plenitud de vida y de poder. Cristo, antes de venir al mundo, estaba junto a Dios Padre, como Hijo, Palabra, Sabiduría. Su exaltación consistió, pues, en el retorno al mundo celestial, de donde había venido, revistiéndose de nuevo de la gloria que tenía antes de la creación del mundo. “¿Qué quería decir “subió”, sino que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? Éste que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo”. “Dios lo exaltó por encima de todo, y le dio el nombre sobre todo nombre” (Flp 2, 9). Resucitando y subiendo a los cielos, la gloria del Señor brilló en toda su esplendorosa magnificencia. La resurrección y ascensión del Señor coronaron la victoria sobre el diablo, siendo verdadero lo escrito: “¡Venció el León de la tribu de Judá! (Ap 5, 5)”. Resurrección y Ascensión constituyen “la plena glorificación de Cristo”, repite san Agustín. (Emiliano Jiménez Hernández)
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Una bendición fue el último gesto de Jesús en la tierra, según el Evangelio de San Lucas. Los Once han partido desde Galilea al monte que Jesús les había indicado, el monte de los Olivos, cercano a Jerusalén. Los discípulos, al ver de nuevo al Resucitado, le adoraron, se postraron ante Él como su Maestro y su Dios. Ahora son mucho más profundamente conscientes de los que ya, mucho tiempo antes, tenían en el corazón y habían confesado: que su Maestro era el Mesías. Están asombrados y llenos de alegría al ver que su Señor ha estado siempre tan cercano. Después de aquellos cuarenta días en su compañía podrán ser testigos de lo que han visto y oído; el Espíritu Santo los confirmará en las enseñanzas de Jesús, y les enseñará la verdad completa. (Fco. Fernández Carvajal)
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Los cristianos, mientras esperan este término, deben mantenerse unidos por la fe y los sacramentos con su Señor glorificado. Ya desde ahora resucitados y hasta sentados en los cielos con él (Ef 2,6) buscan «las cosas de arriba», pues su verdadera vida está «escondida con Cristo en Dios» (Col 3,1ss). Su ciudad se halla en los cielos (Flp 3,20), la casa celestial que los espera y de la que aspiran a revestirse (2Cor 5,1ss), no es sino el mismo Cristo glorioso (Flp 3.21), el «hombre celestial» (ICor 15,45-49). De ahí brota toda una espiritualidad de ascensión a base de esperanza, pues desde ahora hace vivir al cristiano en la realidad del mundo nuevo en que reina Cristo. Pero no por eso es arrancado del mundo antiguo, que todavía le retiene, sino, por el contrario, tiene misión y poder de vivir en él en forma nueva, que eleva a este mundo a la transformación de gloria a que Dios lo llama. (Leon Dufour. Vocabulario de Teología Bíblica)

"Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios" (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre. Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9;; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16,19).
Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que "salió del Padre" puede "volver al Padre": Cristo (cf. Jn 16,28). "Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre" (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre" (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino".
"Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí"(Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, "no [...] penetró en un Santuario hecho por mano de hombre [...], sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro" (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. "De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor"(Hb 7, 25). Como "Sumo Sacerdote de los bienes futuros"(Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).
La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).
Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente.
Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.
Siempre me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísima Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. El, siendo perfecto Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al Cielo. ¿Cómo no echarlo en falta?
La fiesta de la Ascensión del Señor nos sugiere también otra realidad; el Cristo que nos anima a esta tarea en el mundo, nos espera en el Cielo. En otras palabras: la vida en la tierra, que amamos, no es lo definitivo; pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura (Heb XIII, 14) ciudad inmutable.
Pensemos ahora en aquellos días que siguieron a la Ascensión, en espera de la Pentecostés. Los discípulos, llenos de fe por el triunfo de Cristo resucitado y anhelantes ante la promesa del Espíritu Santo, quieren sentirse unidos, y los encontramos con María, la madre de Jesús. La oración de los discípulos acompaña a la oración de María: era la oración de una familia unida.

(Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud 2011).
También nosotros quisiéramos poder ver a Jesús, poder hablar con Él, sentir más intensamente aún su presencia. A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús. Para nosotros es posible tener un contacto sensible con Jesús. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega. Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón.
Todos sabemos que el camino que emprendió Jesús le llevó hasta la cruz. Fue una consecuencia de su opción y estilo de vida. Jesús de Nazaret, poniéndose de parte de lo marginado y excluido por aquella sociedad religiosa, puso en evidencia y entró en conflicto directo con quienes provocaban aquella situación: el poder religioso, representado en los doctores de la Ley, los sacerdotes, los fariseos… Ellos fueron los que firmaron su sentencia de muerte. Es decir, los primeros que deberían haber reconocido su mesianidad. Sin embargo, fueron los últimos de aquella sociedad, los despreciados y rechazados, la gente sencilla y humilde, los que se encontraron con la Verdad profunda de Jesús de Nazaret.
1. El lunes 6 de junio a las 10 de la mañana se reunirá el Equipo de Pastoral de la Salud.
2. El mismo lunes a las 6 de la tarde el primer curso de comunión realizará el fin de curso en la Colegiata visitando a la Patrona de Gandía: la Virgen de los Desamparados.
3. Los cursillos prematrimoniales, que se realizan los lunes y los jueves, finalizan esta semana.
4. El mismo lunes tendrá lugar la tercera sesión del Itinerario Diocesano de Renovación en el lugar y a la hora acordados.
5. El martes 7 de junio a las 6 de la tarde el segundo curso de comunión realizará el fin de curso en la Iglesia del Palacio.
6. El jueves 9 de junio a las 17.30 h. será la reunión del Equipo de Cáritas en los locales.
7. El jueves 9 de junio será la reunión del Equipo de Liturgia a las 20.30 h.
8. El viernes 10 de junio a las 6 de la tarde será el fin de curso de Anatolé en la Parroquia de San José.


Donativos recibidos para los nuevos locales en la calle Ciudad de Laval:
Ingresados hasta el 27-5-2011: 45.903,66 €.
+ 60
Ingresados hasta el 3-6-2011: 45.963,66 €.
Colabore en la cuenta que la parroquia tiene en
Caixa Ontinyent, C/. Madrid 38:
2045-6028-12-0000095170
Del 6 al 12 de junio 2011
  • Lunes 6. 19.30 h.: Sin intención.
  • Martes 7. 19.30 h.: En sufragio de: Benigno Lara Tirado, Escolástica Tirado Almenara y Víctor Lara Castañeda.
  • Miércoles 8. 19.30 h.: En sufragio de: Antonio Casanova.
  • Jueves 9. 19.30 h.: Sin intención.
  • Viernes 10. 19.30 h: Sin intención.
  • Sábado 11. 19.30 h.: En sufragio de: Consuelo Canet Simó; Manolita Castellá Ruiz y Federico Gregori Femenía.
  • 21.00 h.: En sufragio de:
  • Domingo. Pascua de Pentecostés.
  • 12.00 h. Pro Pópulo.

2 de junio de 2011

Encuentros de alumnos de religión en ...

En Denia:



En Oliva:

Jornadas de formación: La educación como desafío.


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Querido amigo:

Junto a esta carta te hacemos llegar la invitación a la Jornada por la Educación Integral que tendrá lugar el sábado 4 de junio en el Colegio Calderón del Grau de Gandía.
Con esta Jornada queremos acompañar la vocación educativa de los padres y madres de familia, primeros responsables de la educación de los hijos. A su vez fortalecer y animar la vocación educativa de profesores cristianos, profesores de religión, catequistas, animadores y educadores. Todos los que, de una forma u otra, participan en la misión de transmitir una educación integral al servicio de toda la persona. La educación nos plantea hoy un desafío y se nos presenta como una oportunidad.
Cuando hablamos de educación integral nos referimos a una educación que contemple la totalidad de las dimensiones humanas: corporal, emocional, intelectual y espiritual. Los padres, y cuantos participamos en la tarea educativa, tenemos la “autoridad” al servicio del acompañamiento de la madurez de los niños y jóvenes en su sensibilidad, afectividad, razón, voluntad, sentidos, inteligencia, corazón, carácter...
En tal sentido, animamos a todos cuantos están ocupados por la educación de los niños y jóvenes a participar en la Jornada de Educación Integral de esta Vicaría 8. Contaremos con la colaboración del Secretariado de Padres de Alumnos, de la Comisión de Enseñanza y Educación Católica del Arzobispado de Valencia
Para que las siguientes generaciones sean verdaderamente felices es necesario enseñarles la grandeza de tener una esperanza que no tenga límites, y descubrirles su vocación al amor.
Te adjuntamos un díptico que puedes devolver cumplimentado a la misma persona que te lo ha entregado, o por correo electrónico al correo fa.ca.mi@hotmail.com, antes del 16 de mayo.
Esperamos tu participación y tus sugerencias.
¡Hasta el día 4 de Junio! Recibe un cordial saludo

¡Paz y Bien!

Jesús Sánchez Domínguez

1 de junio de 2011

Benedicto XVI: “el perdón es renovación y transformación”

CIUDAD DEL VATICANO; miércoles 1 de junio de 2011 (ZENIT.org).- A continuación ofrecemos el discurso que el Santo Padre Benedicto XVI ha dirigido a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro, durante la Audiencia General, continuando con el ciclo de catequesis sobre la oración.


* * * * *
Queridos hermanos y hermanas,

leyendo el Antiguo Testamento, una figura destaca entre otras: la de Moisés, como hombre de oración. Moisés, el gran profeta y guía en el tiempo del Éxodo, ejerció su función de mediador entre Dios e Israel, haciéndose portador, hacia el pueblo, de las palabras y mandatos divinos, conduciéndolo hacia la libertad de la Tierra Prometida, enseñando a los israelitas a vivir en la obediencia y en la confianza hacia Dios, durante la larga estancia en el desierto, pero también, sobre todo, rezando. Reza por el Faraón cuando Dios, con las plagas, intentaba convertir el corazón de los egipcios (cfr Ex 8–10); pide al Señor la curación de la hermana María, enferma de lepra (cfr Nm 12,9-13), intercede por el pueblo que se había rebelado, aterrorizado por el informe de los exploradores (cfr Nm 14,1-19), reza cuando el fuego estaba devorando el campamento (cfr Nm 11,1-2) y cuando serpientes venenosas estaban haciendo una masacre (cfr Nm 21,4-9); se dirige al Señor y reacciona protestando cuando el peso de su misión se hizo demasiado pesado (cfr Nm 11,10-15); ve a Dios y habla con Él “cara a cara, como uno habla con su amigo” (cfr Ex 24,9-17; 33,7-23; 34,1-10.28-35).

También cuando el pueblo, en el Sinaí, pide a Aarón hacer un novillo de oro, Moisés reza, explicando de modo emblemático su propia función de intercesor. El episodio está narrado en el capítulo 32 del Libro del Éxodo y tiene un relato paralelo en el Deuteronomio en el capítulo 9. Es en este episodio donde quisiera detenerme en la catequesis de hoy, en particular en la oración de Moisés que encontramos en la narración del Éxodo. El pueblo se encontraba a los pies del Monte Sinaí, mientras Moisés, en la cima del monte, esperaba el don de las Tablas de la Ley, ayunando durante cuarenta días y cuarenta noches (cfr Ex 24,18; Dt 9,9). El número cuarenta tiene un valor simbólico y significa la totalidad de la experiencia, mientras que con el ayuno se indica que la vida viene de Dios, es Él el que la sostiene. El hecho de comer, de hecho, implica la asunción del alimento que nos sostiene; por esto ayunar, renunciando a la comida, adquiere, en este caso, un significado religioso: es un modo de indicar que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor (cfr Dt 8,3). Ayunando, Moisés, indica que espera el don de la Ley divina como fuente de vida: esta desvela la voluntad de Dios y nutre el corazón del hombre, haciéndole entrar en una Alianza con el Altísimo, que es fuente de vida, es la vida misma.

Pero, mientras el Señor, sobre el monte, da a Moisés la Ley, a los pies del mismo el pueblo la desobedece. Incapaces de resistir en la espera y la ausencia del mediador, los israelitas piden a Aarón: Fabrícanos un Dios que vaya al frente de nosotros, porque no sabemos qué le ha pasado a Moisés, ese hombre que nos hizo salir de Egipto” (Ex 32,1). Cansado de un camino con un Dios invisible, ahora que Moisés, el mediador, ha desaparecido, el pueblo pide una presencia tangible, palpable, del Señor, y encuentra en el becerro de metal fundido hecho por Aarón, un dios que se hace accesible, manipulable, al alcance del hombre. Esta es una tentación constante en el camino de la fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible, que corresponda a los propios esquemas, a los propios proyectos. Todo lo que sucede en el Sinaí muestra toda la necedad y vanidad ilusoria de esta pretensión porque, como afirma irónicamente el Salmo 106, “así cambiaron su Gloria por la imagen de un toro que come pasto” (Sal 106,20).

Por esto el Señor reacciona y ordena a Moisés que descienda del monte, revelándole lo que el pueblo está haciendo y terminando con estas palabras: “Por eso, déjame obrar: mi ira arderá contra ellos y los exterminaré. De ti, en cambio, suscitaré una gran nación” (Ex 32,10). Como con Abraham con respecto a Sodoma y Gomorra, también ahora Dios desvela a Moisés lo que pretende hacer, como si no quisiese actuar sin su consentimiento (cfr Am 3,7). Dice: “mi ira arderá contra ellos”. En realidad, este “mi ira arderá contra ellos” lo dice para que Moisés intervenga y le pida que no lo haga, revelando así que el deseo de Dios es siempre de salvación. Como para las dos ciudades en tiempos de Abraham, el castigo y la destrucción, con los que se expresa la ira de Dios como rechazo del mal, indican la gravedad del pecado cometido; al mismo tiempo, la petición del intercesor pretende manifestar la voluntad de perdón del Señor. Esta es la salvación de Dios, que implica misericordia, pero que siempre denuncia la verdad del pecado, del mal que existe, así el pecador, reconociendo y rechazando el propio mal, pueda dejarse perdonar y transformar por Dios. La oración de intercesión hace operativa de esta manera, dentro de la realidad corrupta del hombre pecador, la misericordia divina, que encuentra su voz en la súplica del que reza y se hace presente a través de él donde hay necesidad de salvación.

La súplica de Moisés se centra en la fidelidad y la gracia del Señor. Este se refiere primero a la historia de redención que Dios ha comenzado con la salida de Israel, para después recordar la antigua promesa hecha a los Padres. El Señor ha logrado la salvación liberando a su pueblo de la esclavitud egipcia; ¿por qué entonces -pregunta Moisés-“tendrán que decir los Egipcios: 'El los sacó con la perversa intención de hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra?'” (Ex 32,12). La obra de salvación que se ha comenzado debe ser completada; si Dios hiciese perecer a su pueblo, esto podría ser interpretado como el signo de una incapacidad divina de llevar a cumplimiento el proyecto de salvación. Dios no puede permitir esto: Él es el Señor bueno que salva, el garante de la vida, es el Dios de misericordia y de perdón, de liberación del pecado que mata. Y así Moisés apela a Dios, a la vida interior de Dios contra la sentencia exterior. Pero entonces, argumenta Moisés con el Señor, si sus elegidos perecen, aunque si son culpables. Él podría parecer como incapaz de vencer al pecado. Y esto no se puede aceptar. Moisés ha tenido una experiencia concreta del Dios de salvación, y ha sido enviado como mediador de la liberación divina y reza con su oración, se hace intérprete de una doble inquietud, preocupado por la suerte de su pueblo, pero además está también preocupado por el honor que se debe al Señor, por la verdad de su nombre. El intercesor quiere, de hecho, que el pueblo de Israel se salve, porque es el rebaño que se le ha confiado, pero también para que en esa salvación se manifieste la verdadera realidad de Dios. Amor por los hermanos pero también por Dios que se complementan en la oración de intercesión, son inseparables. Moisés, el intercesor, es el hombre dividido entre dos amores, que en la oración se unen en un único deseo de bien.

Después, Moisés apela a la fidelidad de Dios, haciéndole recordar sus promesas: “Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: 'Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia'” (Ex 32,13). Moisés hace memoria de la historia fundadora de los orígenes, de los Padres del pueblo y de su elección, totalmente gratuita, en la que sólo Dios había tenido la iniciativa. No por sus méritos, ellos recibieron la promesa, sino por la libre elección de Dios y de su amor” (cfr Dt 10,15). Y ahora, Moisés pide que el Señor continúe fiel a su historia de elección y de salvación perdonando a su pueblo. La intercesión no excusa el pecado de su gente, no enumera presuntos méritos ni del pueblo ni suyos, pero si apela a la gratuidad de Dios: un Dios libre, totalmente amor, que no cesa de buscar al que se aleja, que permanece siempre fiel a sí mismo y que ofrece al pecador la posibilidad de volver a Él y convertirse, con el perdón, en justo y capaz de ser fiel. Moisés pide a Dios que se muestre más fuerte que el pecado y que la muerte, y con su oración provoca esta revelación divina. Mediador de vida, el intercesor se solidariza con el pueblo; deseoso sólo de la salvación que Dios mismo desea, el renuncia a la perspectiva de convertirse en un nuevo pueblo agradecido al Señor. La frase que Dios le había dirigido, “de ti, en cambio, suscitaré una gran nación”, no es, ni siquiera, tomada en consideración por el “amigo” de Dios, que sin embargo está preparado para asumir, no sólo, la culpa de su gente, también todas sus consecuencias. Cuando, después de la destrucción del becerro de oro, vuelva al monte de nuevo, a pedirle la salvación de Israel, dirá al Señor: “¡Si tú quisieras perdonarlo, a pesar de esto...! Y si no, bórrame por favor del Libro que tú has escrito” (v.32). Con la oración, deseando el deseo de Dios, el intercesor entra cada vez más profundamente en el conocimiento del Señor y de su misericordia y se hace capaz de un amor que llega hasta el don total de sí mismo. En Moisés, que está en la cima del monte cara a cara con Dios y que se hace intercesor por su pueblo, se ofrece a sí mismo - “bórrame” -, los Padres de la Iglesia han visto una prefiguración de Cristo, que en la alta cima de la cruz realmente esta delante de Dios, no sólo como amigo sino como Hijo. Y no sólo se ofrece - “bórrame” -, sino que con su corazón traspasado se hace “borrar”, se convierte, como dice el mismo san Pablo, en pecado, lleva consigo nuestros pecados para salvarnos a nosotros: su intercesión no es sólo solidaridad, sino que se identifica con nosotros: nos lleva a todos en su cuerpo. Y así toda la existencia de hombre y de Hijo es el grito al corazón de Dios, es perdón, pero un perdón que transforma y renueva.

Creo que debemos meditar esta realidad. Cristo está delante del rostro de Dios y reza por mí. Su oración en la Cruz es contemporánea a todos los hombres, contemporánea a mí: Él reza por mí, ha sufrido y sufre por mí, se ha identificado conmigo tomando nuestro cuerpo y el alma humana. Y nos invita a entrar en su identidad, haciéndonos un cuerpo, un espíritu con Él, porque desde la alta cima de la Cruz, Él no ha traído nuevas leyes, tablas de piedra, sino que se ha traído a sí mismo, su cuerpo y su sangre, como nueva alianza. Así nos hace consanguíneos a Él, un cuerpo con Él, identificado con Él. Nos invita a entrar en esta identificación, a estar unidos a Él en nuestro deseo de ser un cuerpo, un espíritu con Él. Oremos al Señor para que esta identificación nos transforme, nos renueve, porque el perdón es renovación y transformación.
Querría terminar esta catequesis con las palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Roma: “¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica.¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? [...]ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados [...] ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,33-35.38.39)

Ayudemos a los niños discapacitados...

El padre D. Vicente Aparicio, nos ha pedido en la medida que podamos, colaborar en el proyecto de ayuda a los niños discapacitados de la población de Smara.

Podemos colaborar aportando principalmente:

- Sábanas.
- Toallas.
- Mantas.

que podemos depositar en nuestra parroquia hoy miércoles y mañana jueves 2 de junio.

¡ ÁNIMO. A QUE LLENAMOS EL CONTENEDOR !

Un sacerdote valenciano abre en Argel un centro para niños refugiados


Los pequeños sufren discapacidad psíquica

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Avan, 28 de marzo de 2011 a las 17:14

Vicente Aparicio preside la ONG
Vicente Aparicio preside la ONG
 La cultura saharaui impide que una mujer embarazada vea a un discapacitado, por lo que muchas familias mantienen a los niños o jóvenes afectados en el interior de sus haimas
Vicente Aparicio preside la ONG/>

Vicente Aparicio preside la ONG

  • Vicente Aparicio preside la ONG
  • Soldados argelinos en la escena de un atentado suicida perpetrado en la ciudad de Bouira, a 120 km al este de Argelia, en agosto de 2008.
(Avan).- El sacerdote valenciano Vicente Aparicio, fundador y director de la Asociación de Padres de Discapacitados Psíquicos (ASPADIS), ha iniciado en el desierto de Argel la construcción de un centro para la atención y acogida de hijos de refugiados saharahuis con discapacidad psíquica.
El nuevo centro se ubicará en el campo de refugiados saharauis del poblado de Smara, que cuenta con 20.000 habitantes. Las instalaciones, cuya construcción se ha iniciado en un solar de 3.000 metros cuadrados de superficie, tendrán capacidad para acoger a 20 niños y jóvenes con discapacidad psíquica profunda.
El centro, que llevará como nombre "Residencia Rafael Sanus" en homenaje al que fue obispo auxiliar de Valencia, contará con cocina, almacén de alimentos, aseos, duchas, dormitorios, así como un dispensario farmacéutico para la población.
El sacerdote valenciano viajó al país africano a mediados del mes de marzo para tramitar la documentación necesaria y reunirse con las autoridades locales, así como para cerrar acuerdos con el centro hospitalario local cuyo personal sanitario colaborará en la atención de los niños y jóvenes. "En el centro trabajarán médicos, auxiliares de clínica, fisioterapeutas y psicólogos de la población, con el objetivo de respetar la idiosincrasia y cultura saharaui", ha precisado Aparicio a la agencia AVAN.
Igualmente, ASPADIS creará un "sistema de atención domiciliaria de los discapacitados en sus haimas (viviendas de lona) familiares" y facilitará, a través de los donativos que recoja, una cabra, un depósito de agua y material sanitario a cada una de las familias del mismo poblado.
En la actualidad existen más de 50 niños y jóvenes con discapacidad profunda, sin embargo, "la cultura saharaui impide que una mujer embarazada vea a un discapacitado, por lo que muchas familias mantienen a los niños o jóvenes afectados en el interior de sus haimas".
El proyecto surgió tras la visita de representantes de una asociación prosaharaui al Instituto Bernat Guinovart de Algemesí, donde Aparicio imparte clases de religión. Durante la visita, con motivo de una campaña de donación de alimentos, "vimos una película en la que aparecían niños disminuidos psíquicos que necesitaban de atención". Vicente Aparicio, ante esta necesidad, inició los trámites para la creación de este centro cuya apertura está prevista para el próximo mes de octubre.
ASPADIS es una asociación benéfica sin ánimo de lucro fundada por Vicente Aparicio en el año 1980, "para la asistencia y rehabilitación de niños y jóvenes disminuidos psíquicos profundos", según el sacerdote. En la actualidad, acoge a cerca de 92 niños en el total de cuatro centros que rige, dos de los cuales se ubican en el término de Alberic, y otros dos en Carcaixent y Polinyà de Xúquer. En los centros, los jóvenes son atendidos por más de 90 profesionales, entre ellos psicólogos, médicos, fisioterapeutas y auxiliares de clínica "que colaboran para lograr el máximo desarrollo físico, psíquico y social de los niños y jóvenes dentro de sus limitaciones ".
Para facilitar los donativos destinados al centro de atención a discapacitados en Argel ASPADIS ha habilitado una cuenta en la CAM, con el nombre ASPADIS SAHARA y el siguiente número: 2090 2800 53 0040295040. Igualmente, en esta misma cuenta, ASPADIS recaudará las ayudas para la adquisición de cabras, que cuestan 80 euros cada una, así como para los depósitos de agua.